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Relato de viaje a Cartagena - LA SIRVIENTA DE FERNANDO BOTERO ME ENLOQUECIÓ

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Enviado por: jimenez225 (3726 lecturas)

Cuando me despedí de mi esposa, con un amoroso y nostálgico beso –por aquello de las despedidas-, lejos estaba de imaginar que en Cartagena de Indias enloquecería por otra mujer. El encuentro fue fortuito. Inesperado. Accidental. Y aunque ansiaba ese encuentro desde mi lejana vida universitaria, jamás se me ocurrió buscarla en Cartagena de Indias. Y cuando ocurrió, enloquecí.

           
Apenas llegue a Cartagena salí con familiares y amistades de noche a recorrer las angostas y señoriales calles de Cartagena de Indias. Tan pronto algo me llamaba la atención, me contaban apasionados las anécdotas y por menores del sitio o evento. Cuando doblamos la Calle de los Estribos aparece por encima  de los arcillosos tejados la iluminada torre de la Iglesia de San Pedro Claver .  Que hermosa vista nocturna se me presentó. Allí estaba la foto ganadora de premio –que iluso- y empecé a disparar fotos a mansalva hasta que me disuadieron que en la plaza de la iglesia obtendría mejores fotos. Faltando pocas cuadras, oteaba por encima de los tejados buscando el resplandor de la torre de la misma manera como los marinos buscan la estrella Polar para orientarse a puerto seguro. Estaba desesperado por fotografiar aquella torre iluminada.

           
Cuando llegué al pie de la misma iglesia, ciertamente las fotos prometían un galardón, pero de cuerpo entero –iglesia y torre- Lamentablemente no cabía en la foto así que opte por  retroceder de espaldas con la cara metida en la cámara esperando el milagro de que cupiera toda, pero tristemente no entraba. No me desalenté. Sabía que tenía a mis espaldas toda la plaza para retroceder. Y eso hice. Retrocedía tres zancadas, y si no cabía, daba tres más sin sacar la cara de la mirilla de la cámara. Y fui yéndome de espaldas, como en  procesión, dando siempre tres zancadas sin mirar a quién tropezaría. Cuando tenía ya un buen tramo retrocedido escucho el grito de alerta; “!...cuidado con Gertrudis...!” No bien terminan cuando tropiezo y doy la vuelta dispuesto de inmediato a soltar la frase elaborada de “discúlpeme...” pero me di cuenta que había topado con una gordita del maestro Fernando Botero. ¡Santo Dios! Desde mi lejana vida universitaria me fascinaron las gorditas de Botero. Hurgaba cuanto libro de arte contuviera los sublimes gorditos de Botero. Y he aquí que me encuentro con una preciosa gordita llamada Gertrudis.

           
El arrebato por la iglesia iluminada se desvaneció y enloquecí de inmediato por Gertrudis, -me cuentan fue sirvienta del maestro Botero-. No recuerdo cuantas fotos le saqué, pero me adueñe de toda ella. Cada resquicio de su carnoso cuerpo fue fotografiado. Sus descomunales nalgas, sus sobresalientas caderas y sus carnosos muslos fueron el deleite de mi cámara. Pero fue su dulce expresión la que exacerbó mi admiración. Y tanta debió haber sido mi locura por Gertrudis que atraje un sartal de vendedores ambulantes que se pelearon por venderme réplicas de Gertrudis de todos los tamaños. Mi tía, viéndome en medio de esa vorágine, por una “nalgona de bronce” espantó a manotazos limpio el enjambre de vendedores y luego ya más recuperado me susurró al oído a manera de despedida “vaya y sóbele el seno a  Gertrudis  y tendrás una larguísima relación con Xiomara...” (mi esposa). No fui capaz siquiera de tocar sus carnosos senos. ¡Semejante atrevimiento! Aunque me dijeron, como para darme ánimos, que Fernando Botero se alegraba mucho de saber que en Cartagena valoraban mucho su escultura, así sea para sobarle los senos. Pero en honor a la verdad, yo no pude.

Fue entonces que caí en cuenta que la voluminosa Gertrudis tenía completamente descolorido los senos y nalgas de tanta sobadera del gentío que a diario la visitan. Todos querían asegurar un largo amor en las partes pudendas de Gertrudis. Yo, iluso y recatado, le guardé respeto a una maravillosa escultura de un artista de talla mundial  Desde entonces, desde que me topé con Gertrudis aquella noche, regreso todas las veces que pueda a contemplarla con una vehemencia y misticismo como los fieles a su Santo de devoción.

LA SIRVIENTA DE FERNANDO BOTERO ME ENLOQUECIÓ
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