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Relato de viaje a Rio de Janeiro - Río de Janeiro – Santos. “Sumergido entre fuego, montaña y mar.”

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Enviado por: Jacho (2265 lecturas)

Días de pedaleo: Agosto 8 – Agosto 14, 500 kilómetros.

Salir en bicicleta de una ciudad como Río de Janeiro es una cosa totalmente de locos. La ciudad es un fiero animal que va despertando y cuando menos piensas va detrás de ti en picada, manda una horda de voraces autos de los más variados tamaños para atacarte, ella es una estratega, te va conduciendo por calles tranquilas en las que todavía no han despertado sus compinches, te va llevando a un cruce donde ya vas intuyendo la situación y luego, cruzas un puente, pasas una calle y no hay escape, estoy en la avenida Brasil, la salida para tomar la carretera Río – Santos. Después de mucho estudio decidí que era esa la mejor salida, el camino rápido pero con el mayor peligro, todo el transito pesado entra y sale por allí y así como aviones hacen garabatos en el aire para entrar y salir de Río, los carros mal escriben con su estela de humo y el tremor de sus latas en las avenidas.

Un hueco, dos huecos, el camión, el bus inter urbano, el tipo del taxi que casi no te vio, ¡uf!, de nuevo el hueco con agua, ¡zas!, cuento los kilómetros, miro los carteles, todavía en Río, la ciudad no acaba, no se agota, nunca termina ni comienza, aquello de la selva de concreto no es cuento. Quiero ir en búsqueda de una carretera que me traerá una de las combinaciones más bellas en todo Brasil, montaña y mar.  A veces se me agotan las palabras y aparecen constantes de palabras en mis escritos y digo mar y vuelvo a repetir y lo vuelvo a decir y el mar y siempre el mar y los colores que trae y su sal y los juegos con el, pero es así y no tiene más como, no siento error en repetirlo. Escribo esto cuando ya he efectuado todo su trayecto y me queda el mejor de los sabores de boca que me ha dado el asfalto y el paisaje brasilero. Si bien es cierto que la carretera geográficamente hablando es una de las más difíciles de atravesar, pues se tienen que sortear subidas en las que más bien parece que escalaras, batallar con el frío y a veces la lluvia, las recompensas son de una magnitud casi indescriptible.

Poblada de ciudades como Mangaratiba, Paraty, Ubatuba, São Sebastião, la carretera con sierra, mar y montaña es una combinación perfecta de belleza, te vas abriendo camino con dificultad  por esos caminos donde la niebla a veces es reina, subes una montaña  y luego en la cima ves una bahía con una gran extensión de mar con esas olas inmensas haciendo espuma y un buque que viene de tierras lejanas, ya con aquello se compensa una ardua subida. Y que decir cuando algunos barquitos se agrupan en una playa pequeña como si estuvieran conversando, yo pienso que si están conversando, que se cuentan sus cuentos de historias marítimas y que no paran de hablar, ahí, tan tranquilos con las velas guardadas para no andar más y solo mecidos por la brisa que se hace tranquila cuando anclan.

Por esta región es muy común ver a esos pescadores aficionados, hombres mayores que han conseguido lo necesario para hacerse a una buena caña de pescar, tienen las piezas justas para ir a tirar el lazo y cazar la cantidad de peces justa que de para el día, o bueno, no se, talvez solo lo hagan por deporte, el acto mismo de pescar ya es una terapia, ellos van por lo general con otro amigo, preparan la carnada, aseguran la caña y lo otro es espera y conversa mientras el pez cae para estremecer la vara que va enrollando hasta traer la presa, el trofeo que guardaran en su cajita junto con los otros peces. En Mangaratiba fue cuando vi por primera vez aquello, en la bahía mientras esperaba a conseguir algo para instalarme y terminar de nuevo y con la mejor de las energías en un hotel que me cediera la secretaria de deportes, otra de las constantes de la Río – Santos, la gente si que sabe de solidaridad y alguien que me dijo que todo cambiaria en el sur y yo fui al sur y no, las cosas no cambiaron, se puede enfriar el clima pero esta gente tendrá siempre todo el calor de los hijos del sol que son.

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