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Relato de viaje a Trelew - Los secretos de la Patagonia

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Enviado por: vayamundos (1212 lecturas)

¿Te gustan las grandes distancias y no le temes al ripio? Entonces tu lugar es la Patagonia argentina. Un simple vistazo por la ventanilla del avión da una idea de la inmensidad de esta zona de la tierra. El recorrido desde el aeropuerto de Trelew a Puerto Madryn, unos 60 kilómetros, sirve para constatar que la palabra infinidad cobra un significado pleno. Es la auténtica dimensión de la estepa de uno de los territorios quizá menos poblados del mundo. Aunque el paisaje desespera por su monotonía, esconde sorpresas y secretos: los que proceden del mar. Las escasas poblaciones que se asientan en las inmediaciones de la Península han sabido sacar provecho del privilegio de contar, entre sus vecinos, con ballenas francas, orcas, elefantes y lobos marinos, delfines toninas y la mayor pingüinera del continente. Pocos pueden presumir de contar en su ámbito natural con tanta cantidad de animales, sus casi únicos habitantes.

Es, por tanto, el turismo el cuarto pilar en el que se asienta su economía y no es raro entender por qué todo está enfocado para ofertar al viajero un sinfín de actividades más o menos interesantes. Realmente sólo hay dos excursiones que merecen la pena: el avistaje de ballenas y la pingüinera de Punta Tombo , incluida la navegación con toninas. Eso sí, todo depende de la época en el que uno emprenda el viaje. La mejor: de junio a diciembre. En el mismo Hostel El Gualicho (25 pesos) decidimos concertar la primera de las actividades: el avistaje de ballenas . Cuando comprendes que los precios que tienen unos y otros no difieren en más de cinco pesos, dejas de comparar. De hecho, todo está preparado para que el turista, al fin, se pliegue y contrate una excursión. Se pierde en libertad pero se gana en ahorro. Y así en toda la Patagonia argentina. 'Miman' en exceso al turista. Pocos atractivos oferta Puerto Madryn en noviembre, un pueblo de calles exageradamente anchas y sin personalidad. A falta de poder ver desde la orilla los saltos de las ballenas, como sí ocurre entre junio y octubre, lo único que queda es pasear por su larga playa o degustar el famoso y sabroso cordero patagónico, el merino argentino. Y es famoso porque, según cuentan, los corderos absorben el agua salada que se esconde a pocos centímetros de la superficie, y es de los pocos animales que pueden adaptarse a las rigurosas condiciones ambientales de la Meseta de Chubut. No en vano, toda la Península estuvo en su día sumergida bajo el mar.

La entrada a las 360.000 hectáreas de Reserva Natural de la Península Valdés es un deleite para los sentidos. Es tan destacable su población faunística que la Unesco declaró a este lugar Patrimonio de la Humanidad. Pero antes había que atravesar toda esa masa de tierra árida, casi totalmente desprovista de vegetación. Ni un árbol, tan sólo matorrales de escasa altura, arbustos achaparrados que no superan el metro de altura, junto con gramíneas que crecen en matas bajas y compactas, salpican el paisaje ralo y terroso. La planicie es tan árida que a los sentidos se torna infinita, cubierta por un gran manto de cantos rodados y salpicada por enormes mesetas que de tanto en tanto quiebran la aparente monotonía del paisaje.

Una manada de guanacos, al costado de la ruta, rompe la quietud de la estampa. Poco más adelante, un grupo de ñandús patagónicos corre por la meseta, mientras los viajeros fijan su vista en un animal poco común en nuestras latitudes. De repente, dos maras cruzan, ajenas a los fuertes vientos, el camino que divide las grandes extensiones que dominan los terratenientes. Los corderos, mientras, acampan a sus anchas y disfrutan de las cuatro hectáreas que les corresponde en toda esta vasta Patagonia. Se calcula que la en la provincia de Chubut se contabilizan cuatro millones de ovejas. Y en el fondo, el paisaje inhóspito impacta con sus secretos al observador atento. Una carretera amplia de ripio fino conduce hasta el istmo Carlos Ameghino, que conecta la Península con el continente. A lo lejos, el agua flanquea los dos costados de la ruta. Tanto a derecha como a izquierda se observa el azul del mar patagónico. Si se baja la ventanilla de la furgoneta, hasta se pueden oír los chirridos de las numerosas aves que habitan en la Isla de los Pájaros , la misma en la que supuestamente se inspiró el autor del Principito. Junto a ese punto hay que detenerse para abonar los 35 pesos de entrada oficial a la Península. Se puede aprovechar para adentrarse en el Centro de Interpretación y Museo Regional, con el que informarse a fondo de los lugares que se pueden visitar, de su geografía, fauna, flora e historia, y para resguardarse, por qué no, del aire tan puro y característico de toda la estepa patagónica. La estructura de una gigantesca ballena franca austral, una de las once especies más grandes del mundo, preside el centro. No posee dientes, sino una especie de barba a través de la cual filtra el agua, absorbiendo el plancton, su principal alimento. Llega a la Península de mayo a diciembre, ya sea para parir o copular. Los últimos censos apuntan a que la población de este mamífero, en peligro de extinción, supera los 600 ejemplares, o lo que es lo mismo, el 20% de la población mundial. Sólo 25 kilómetros más adelante se abre sobre la estepa un abanico celeste entre acantilados dorados.

Es Puerto Pirámides, el único asentamiento de población de la reserva y el punto de partida para realizar el avistaje. Ataviados con el pertinente chaleco salvavidas y un poncho de agua, los viajeros ascienden expectantes a la embarcación. Se sale desde un pequeño puerto y minutos más tarde las embarcaciones llegan a sólo unos metros de los gigantes mamíferos marinos. Una vez apagados los motores de las lanchas, sólo resta esperar su aparición. A los pocos minutos, y de forma espontánea, el espectáculo da comienzo. En la lejanía se aprecian las columnas de spray que arroja una ballena al respirar y la inconfundible aleta que surge cuando da algún salto fuera del agua. No hubo suerte. El fuerte viento que amainaba ese día sólo nos permitió deleitarnos con los movimientos de un ejemplar de esos cetáceos y descubrir con gran claridad esas callosidades que pueblan la parte superior de la cabeza y del dorso, de estructura queratinosa y consistencia dura. El resto del cuerpo de estos amos del Mar Austral, que suele incluso superar el tamaño de la embarcación, es negro y presenta manchas blancas en el abdomen. Y de repente, surgió su ballenato, su cachorro. Nacen, después de 12 meses de gestación, con una longitud de 5,5 metros, un peso de tres toneladas y crecen aproximadamente 3,5 centímetros por día durante los dos primeros meses de vida. Los saltos de las ballenas impactan a quien las ve, como también lo hacen las tiernas escenas entre madres y crías. Es una gala deslumbrante. Sólo hay que fijar la vista y dejarse llevar por cada uno de los movimientos de este gigante que puede superar los 12 metros y las 50 toneladas. Los gritos de los viajeros alertan de que está a la derecha. No a la izquierda. No enfrente. Se mueven rápido, pese a su gran tamaño. Pero ¿por qué saltan? Quizá como medio de comunicación visual o acústica, como un despliegue de dominio, para liberarse de parásitos en la piel o como parte del juego con las ballenas jóvenes. No es mucho lo que se sabe de sus comportamientos más fotogénicos. De nuevo, la aleta aparece sobre las olas. Con la cabeza a unos 10 metros de profundidad, se arquea y castiga la superficie con su poderosa aleta. Y ahora ¿por qué navega como si fuera una vela? La excursión tuvo una duración de hora y media. Terminada la exhibición era momento de llegar a la parada concertada, después de atravesar nuevamente kilómetros de pura masa de tierra.

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