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Relato de viaje a Mendoza - CRUCE CASI EXTRAORDINARIO I

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Enviado por: pachacutec (692 lecturas)

Febrero de 2011. Cruce de la cordillera de Los Andes a caballo por Paso Piuquenes.
Llegue a Mendoza un día antes de la aventura. Esa tarde Estela, quien sería la guía jefa de la excursión, vino a verme al hotel para controlar mi equipo y resolver cualquier inconveniente de ultima hora. Esa noche comí un buen asado en una parrilla del centro y me fui a dormir, preocupado porque caían algunas gotas de lluvia que amenazaban aguarme el cruce tan deseado.Hacía unos años que lo venía planeando. Mi primer decisión fue para el verano del 2008, pero opte por el Machu Picchu. En el 2009 no me alcanzó el presupuesto, para el 2010 tenía otros planes que al final no se cumplieron, así que sin pensarlo mas, los primeros meses de ese año ya me había comprometido con la empresa para el cruce, ya sea en diciembre o en febrero del 2011. Y llegó febrero del 2011. Esa noche del 13 me fui a dormir preocupado, pero con todo el entusiasmo. Volví a controlar el equipo que tenía sobre la cama desocupada. Cuatro pares de medias térmicas. Dos pares de botas de trekking. Un jeans, un pantalón cargo, un cubre pantalón impermeable, dos calzoncillos térmicos, dos camisetas térmicas, cinco remeras mangas cortas (de algodón) Un buzo de micropolar, una campera de polar, un rompeviento impermeable con capucha, una campera de abrigo, un buff, un gorrito de lana, un gorrito con visera. Guantes: finos, de abrigo y de trabajo. Anteojos de sol, una mochila con camelbak (bolsa de agua), una cantimplora, una bolsa de dormir de -20º, la colchoneta, una linterna frontal, vajilla, protector labial y protector solar, artículos de higiene. Mi nueva cámara de fotos con sus baterías. Me faltaba el bolso tipo marinero para empacar, pero eso sería a la mañana cuando Estela me preste uno suyo.
Ya a las nueve estábamos en marcha. Algunos nubarrones amenazantes cubrían de vez en cuando el potente sol veraniego. Salimos a la ruta hasta una estación de servicio que sería el punto de encuentro del grupo. Me fui sacando algunas dudas en una amable charla con Estela y el chofer, ya era el día y el ir hacia lo desconocido me exaltaba, pero lo contenía. Ya en el shop nos encontramos todos. La mayoría se conocía entre si y otros eran amigos de otros. Yo era el único desconocido. Me enteré allí que eran grupos de amigos  reunidos por el dueño de la empresa para realizar esta marcha. Encontré una pareja de Rosario que vivía en Estados Unidos y un rosarino. Había una pareja también residentes en Estados Unidos pero, ella de Francia y el de Holanda. Un argentino con sus dos hijos, una chica de unos 15 y un pibe de unos 10, residentes en Chile, el suegro cordobés. Dos hermanos de Mendoza, uno de ellos con su hijo de unos 16 años, otro mendocino, Manolo el dueño, Estela, Junín y Charly, los guías. Después de recorrer mas de 100 kilómetros desde Mendoza, llegamos al Manzano Histórico , histórico por el encuentro de San Martin y Olazábal luego de la campaña libertadora. Situado a unos 40 km de Tunuyán era el punto de partida de la travesía. Aquí conocimos a nuestros caballos y a los vaqueanos que nos acompañarían. Si bien aquí no montamos, dimos por comenzado el trayecto. Seguimos con la camioneta unos 12 kilómetros hasta el Refugio Portinari de Gendarmería nacional donde bajamos los bagayos y esperamos los tramites de aduana. Allí nos prepararon un almuerzo de fiambres y quesos con un rico vinito mendocino para calentar el cuerpo que ya se estaba enfriando por la falta de sol, el descampado y la altura (2500msnm). Mi yeguita era de capa castaña y muy dócil, como supongo que eran todos, acostumbrados a seguir en fila india detrás de la cola del adelantado. Si bien había “subido” otra vez a un caballo, que fue por insistencia de mi prima Graciela, en el campo de Willy, su esposo, en una yegua gorda y cansada que se movía a regañadientes; esta podría decir que, era mi primera experiencia en cabalgata. Con el cielo encapotado emprendimos la marcha cerca de las tres de la tarde. No puedo explicar la emoción, repetir otra vez en estas blhojas el galopar del corazón, ese nudo en la garganta… pero distinto, distinto de otras veces. Mismos síntomas, nuevas emociones. A las siete de la tarde ya estábamos en el Refugio Scarabelli a 3200msnm. Todavía seguía inconciente del lugar en que estaba o quizás aún no estaba disfrutando. Acaso todo este panorama a la vez era demasiado para digerirlo, para procesarlo. El refugio consta de una edificación en piedra con techos de chapa con dos habitaciones y una galería abierta. Una habitación no era utilizada y no vi que contenía y en la otra junto a un fogón, dos mesas con bancos de madera y piedra y junto a ella una cocina con pileta y una pequeña mesada. Comencé a recorrer el lugar. Rodeados de gigantes montañas y un techo cada vez mas bajo de nubes rodeaban el campamento. Una línea de agua helada bajaba para luego ensancharse justo en el puentecito de entrada al refugio, saltando entre deformes rocas y acompañada por musgos y alguna vegetación osada que asomaba en aquel páramo. Me sentía imprudente de caminar por esas superficies aparentemente vírgenes hasta que una motocicleta apareció por el camino por el que habíamos llegado y comenzó a subir por el ahora distinguido sendero que serpenteaba a un lado del refugio. Estábamos cerca de la “civilización” (término que utilizábamos frecuentemente en el desamparo de Malvinas), faltaba bastante trecho para las tierras ignotas. Antes de que comience a oscurecer, nos llamaron para explicarnos como armar las carpas que abrigarían a dos o tres integrantes.  Con Maxi armamos la nuestra y una vez adentro a reforzar la vestimenta ya que comenzaba a refrescar. Unas cuantas fotos; otro paseo por el lugar; la admiración por la destreza de los vaqueanos juntando los animales y encerradolos en el corral “La mula muerta” (quizás mal presagio para algunos de ellos)  y el llamado al asado de bienvenida. Un aplauso para Junín y Charly, los asadores y otro para la Tía Estela que comenzaba su rol de protectora.Con la inseguridad de lluvia o tal vez nieve para el día siguiente, nos fuimos a dormir. Después de Malvinas, nunca más había dormido en carpa, pero el cansancio me apuró el sueño y no tuve tiempo de comparar con aquellos días de 1982.El exceso de agua (nos aconsejaron tomar hasta tres litros de agua, por el apunamiento), me hizo levantar durante la noche. No traía reloj por lo tanto no puede ver la hora.  Al asomarme desde el calor de la bolsa, el frío me golpeó fuerte, pero no me amilané  y me calce las botas y salí. Me estremecí. La luna me pinto frente a mi una mole gigantesca, me pareció como de un color naranja, un cielo azul claro… el lugar brillante. Parecía de día pero con una película que opacaba la luz diurna. El poder de la luna iluminaba en su máximo esplendor. Me asusté de tanta belleza. Sentí en un segundo, volver a estar en Malvinas, esa inmensidad…tan solo. Devoré el paisaje y me lo guardé muy adentro. Me acordé del Orejas, Esteban el correntino; en una caminata por la Isla del Cerrito, en el Chaco, me preguntó si me acordaba de las estrellas de Malvinas. Me di cuenta que no, salvo las de una sola noche, esa fatídica que nunca olvidaré, no recuerdo el cielo de Malvinas; él lo tenía muy presente y entonces lo envidié. Esta vez no me podía pasar lo mismo. No es igual este cielo, estas estrellas que cualquier otras. No había muchas, la claridad de la luna en pleno cuarto creciente impedía verlas, pero no me impedía fotografiar con mis ojos esa maravilla. Daba pena romperlo con esta descarga fisiológica, pero pudo más que la belleza y aunque parezca desagradable, el evacuar en medio de ese milagro, sintetizaba el placer del alivio y el goce de la naturaleza. 

CRUCE CASI EXTRAORDINARIO I
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