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Relato de viaje a Salt Lake City - Hanksville, el pueblo fantasma

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Enviado por: onetickettokentucky (1729 lecturas)

La tarde echaba el cierre sobre el horizonte desértico. El cansancio y el polvo yacían perennes sobre los huesos y las mochilas de los cuatro viajeros. El sol de junio había tostado ya brazos, cara y cuello y había resecado los labios a pesar de que el cacao aceitoso brillaba sobre las comisuras. Las picaduras de los mosquitos de Utah daban un aspecto volcánico a varias partes de su piel y el estómago rugía con furia después de un largo día de martirio a las botas.

Una vena grisácea y moribunda restaba armonía al desierto. Sobre ella un solitario Nissan Versa rodaba con los cuatro viajeros y paraba esporádicamente para que echaran una meadita o simplemente admiraran el paisaje hasta que la lluvia empezó a martillear con violencia la capota del coche y a reducir drásticamente la visibilidad.

El cruce de las carreteras 24 y 95 era la antesala de Hanksville, un lúgubre pueblo de apariencia abandonado que se presentaba en su entrada con un cementerio de coches oxidados que daban la impresión de haber emitido por sus equipos de radio los primeros éxitos de Carl Perkins o Buddy Holly; casas de madera de pasado blanco, esplendoroso y presente de techo corcovado y ventanas rotas exhibiendo oscuridad; aparejos agrícolas oxidados abandonados en parajes cubiertos de maleza, un motel deshabitado de lúgubres y mellados neones y tenebrosas puertas agujereadas quizá por amantes furtivos o drogadictos; una tienda de regalos desangelada y entregada al abandono; también se veían algunas casas aún pobladas por conformistas empedernidos exhibiendo carteles de “No trespassing” en el jardín y perros tristes en el porche guardando a una mecedora huérfana de movimiento; y un restaurante de carretera titulado "Red Rock" pegajoso, amarillo, hostil que se convirtió en el centro del universo para los cuatro viajeros.

El restaurante aprovechaba la coyuntura y funcionaba como tienda de objetos de caza y recuerdos. Una camarera joven de ojeras prematuras, instó a los cuatro viajeros a que la siguieran tras la tienda hacia una primera sala sólo poblada por una pareja de ancianos que tomaban café. Caminaron entre las mesas y la camarera les guió con cierta cortesía a tomar asiento en una segunda sala a la que daba paso un portón de madera descascarillada.

La sala olía a aceite de canola requemado. Frente a la ventana había ocho mesas imperfectamente colocadas en dos líneas paralelas y todas ellas cubiertas con manteles cuadriculados rojo y blanco. Algunas mesas ofrecían un bodegón culinario al estilo texmex: Bote de catsup Heinz, Salsa de Steak A-1, edulcorante Splenda, sobrecitos de azúcar Meijer, un recipiente de cristal que contenía sal y un bote de plástico transparente con, quizá, vinagre. En una esquina de la sala una mujer cuarentona entrada en carnes de melena rubia coronada con una gorra de béisbol azul, vestida con vaqueros y camiseta de leñador levantó ligeramente la vista del bistec del que estaba dando cuenta y con cierta curiosidad observó a los cuatro viajeros.

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Comentarios

  • Avatar de Rodríguez lunes, 19 de octubre de 2009 Rodríguez dice:

    Me encanto el relato, por momento me parecia estar en esa America profunda que sale en las pelis...Sigue con mas por favor!

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