En cada detención se repitía la escena, y siempre rebotábamos: no había excusa válida, no conseguíamos sájar, azúcar. Seguiríamos bebiendo el chai amargo, en un paisaje cada vez más monótono y de horizontes ilimitados. Transitábamos ya por Siberia Occidental. Más de 40 horas de viaje desde
Irkutsk nos iban acercando, por fin, a
Novosibirsk.
BUSCANDO AZÚCAR EN
Novosibirsk Con dos millones de habitantes,
Novosibirsk es la ciudad más importante entre los Urales y el Pacífico. Levantada a orillas del gigantesco río Obi, concentra científicos y cultura, además de constituirse en centro de comunicaciones y contar con un gran puerto fluvial sobre el río, algo asombroso si se tiene en cuenta su ubicación, en el centro mismo de Siberia.
Con cada paso aumentaba nuestra sorpresa: encontrábamos los mejores quioscos que habíamos visto en miles de kilómetros. A escasos 20 km hacia el norte, en plena taigá, se erige uno de los orgullos de
Novosibirsk: la Akademgorodok o Ciudad Académica, con su villa científica para los miles de "cerebros" que trabajan allí.
Pero nosotros aún no habíamos encontrado lo más importante: sajar. En los supermercados -aún con todas las mañas de la época soviética- no nos vendían.
-Necesito azúcar, decía amablemente Oleg a sus interlocutoras, mujeres de aspecto eslavo, muy blancas y gordas.
-No hay. Debes estar anotado en las listas, respondían secamente, siempre sentadas y como molestas porque las sacaban de su estado de reposo.
-Pero, estamos viajando en el Transiberiano y no somos de aquí.
-Lo lamento, pero no podemos venderte si no estás anotado.