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Relato de viaje a Praga - Nelahozeves, la cuna de Dvorák

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Enviado por: janko (1392 lecturas)

Fue una melodía lo que me llevó hasta este humilde pueblo situado a orillas del río Moldava. Ninguna en concreto, sino más bien un ramillete de ellas: la Sinfonía nº 9 “Del Nuevo Mundo”, el Concierto para violonchelo, cualquiera de las Danzas eslavas, la Suite checa, las óperas Rusalka o El jacobino, el Réquiem, la cantata La novia del espectro, las Canciones gitanas… Obras todas ellas con un nombre propio, el de Antonín Dvorák, uno de los más grandes compositores de una tierra que vive y siente la música como ninguna otra. A pesar del éxito que disfrutó en vida, Dvorák siempre se consideró un humilde músico checo, muy arraigado en el terruño, y fue precisamente el deseo de descubrir dónde germinó el genio lo que me empujó hasta Nelahozeves. Llegué en tren, otra de las grandes pasiones del maestro, en un pausado recorrido de cerca de una hora desde Praga, siempre bordeando el Moldava. Y allí, nada más bajar en la estación, en frente, se yergue la casa, hoy convertida en museo, donde el 8 de septiembre de 1841 Dvorák vino al mundo.

Los hados, sin embargo, no me ayudaron en esta ocasión ni en las otras dos en que volví a Nelahozeves. Nunca pude visitar el museo. Ya fuera por obras de reconstrucción, por cierre estacional o por la obligación de concertar una visita con antelación, que todo eso me encontré, sus puertas siempre las vi cerradas. Pero existe y se puede visitar. Me lo garantizaron en el Museo Dvorák de Praga y en la Villa Rusalka que el compositor tenía en la remota localidad de Vysoká u Príbrami. Lo creo, y por ello sé que en cuanto regrese a Praga volveré a intentar la visita.

No obstante, sería un error pensar que todas esas escapadas a Nelahozeves fueron baldías. Al contrario. Bien es verdad que el pueblo en sí no tiene nada. Un puñado de casas con una pequeña iglesia y la inevitable taberna en la que dejar pasar el rato mientras se toma una cerveza. Pero antes incluso de bajar del tren, lo primero que llama la atención es el magnífico palacio renacentista decorado con esgrafiados que se levanta sobre una modesta colina. Su visita llenó siempre las horas que pasé allí, y nunca dejó de sorprenderme. Sobre todo porque, ¿quién iba a esperar encontrarse en ese lugar perdido del centro de Europa una colección tal de pintura española? Se dice rápido, pero hay museos que matarían por tener un Velázquez en sus colecciones… Y allí había uno. Rubens o Canaletto estaban también representados en esa espléndida pinacoteca, fruto del interés artístico de los Lobkowicz, una de las grandes familias aristocráticas del país y aún hoy propietaria del palacio. La decepción por no poder visitar el museo Dvorák quedó musicalmente paliada ante las partituras autógrafas de Beethoven, entre otras la de la mítica Quinta sinfonía, y curiosidades como una versión de El Mesías de Haendel “arreglada” por un joven Mozart. La protección que los Lobkowicz dispensaron a estos compositores bien debía ser reflejada de algún modo. Más excéntrica, en todo caso, se presentaba la colección de retratos de perros y caballos que pertenecieron a la familia… Superada la misma, la visita ponía un broche perfecto con la posibilidad de degustar el vino de producción local de la bodega del palacio.

Hoy, me dicen, la pinacoteca y la sección musical se han trasladado al palacio que los Lobkowicz poseen en el Castillo de Praga. Aquí, en Nelahozeves, ha quedado una exposición sobre la vida cotidiana de una familia aristocrática. Aun así, por la belleza del propio edificio, vale la pena acudir a este lugar. Y, de paso, tentar la suerte y ver si la casa natal del creador de Rusalka tiene abiertas sus puertas…

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