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Relato de viaje a Karlovy Vary - Karlovy Vary, las fuentes de la salud

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Enviado por: janko (1046 lecturas)

Quien haya estado por Praga lo sabrá bien. Basta entrar en cualquier restaurante o incluso en la más modesta cervecería para ver que en más de una mesa hay un vasito con un líquido dorado que el camarero vierte solícito de una botella verde. Es el Becherovka, un amargo licor de hierbas cuya receta fue durante la guerra fría un secreto mejor guardado que el de la Coca-Cola. Y no es para menos, pues sus propiedades como digestivo son legendarias. Los checos lo usan como aperitivo antes de sus fuertes comidas y no es mala cosa seguir su ejemplo. Dicen también los checos que el Becherovka es la decimotercera fuente curativa de la ciudad balneario de Karlovy Vary. Una exageración quizá, pero se non è vero, è ben trovato, que afirman los italianos, pues al fin y al cabo es allí donde nació este elixir.

Karlovy Vary (Carlsbad en la seguramente más extendida, al menos en el pasado, forma alemana) es uno de los destinos más populares de la República Checa. Eso en temporada alta significa cantidades ingentes de autocares de turistas que rompen la paz del lugar, que no lo olvidemos, como buena ciudad balneario fue concebida para el descanso y la tranquilidad. Pero escogiendo bien la fecha, aun a riesgo de pasar algo de frío, Karlovy Vary justifica la visita y, más aún, alargar la estancia. Sobre todo porque, a pesar del largo paréntesis comunista vivido por el país, ha sabido conservar ese aire aristocrático y un tanto decadente que la hace particularmente atractiva. Por aquí han pasado personalidades del mundo de las artes como los poetas Goethe y Schiller, o los compositores Wagner y Dvorák, por no hablar ya de las emperatrices austriacas María Teresa y Sisí, o del zar ruso Pedro I el Grande. Y todos ellos, grandes y pequeños, conocidos o desconocidos, se han acercado hasta aquí para disfrutar de las aguas milagrosas que fluyen de sus fuentes termales. Según cuenta la leyenda, fue otro emperador, Carlos IV, el que las descubrió en el transcurso de una cacería allá por el siglo XIV. Fue cuando un perro de su jauría cayó a unas aguas y salió de ellas bien escaldado. El monarca no tardó en ordenar que se poblara el lugar, levantándose así un primer núcleo urbano al que prestó su nombre.

No tardó mucho en difundirse su fama y fue así cómo empezó a gestarse esta ciudad, cuyo aspecto actual data sobre todo de los siglos XIX y principios del siglo XX, cuando se convirtió en el balneario de moda en toda Europa. Para el arquitecto Le Corbusier, Karlovy Vary era como una tarta de nata batida, su postre preferido, y lo cierto es que la imagen es acertada. Una tarta, eso sí, que se acompaña del verdor de los bosques que rodean la ciudad. Pasear, pues, por ella, es una grata experiencia, y hemos de hacerlo siguiendo las columnatas y arcadas, yendo de fuente en fuente, y haciendo las pertinentes degustaciones hasta completar las doce oficiales de uso terapéutico (a nuestra discreción quedará acercarnos a la famosa decimotercera mencionada al principio).

La más frecuentada de esas arcadas es la del Mercado, de 1883, caracterizada por unos delicados motivos de madera pintada de blanco y que esconde la fuente de Carlos IV, pero tampoco desmerecen la neorrenacentista del Molino, con cinco grifos de fuentes, o la del Huerto, típico ejemplo de la arquitectura del hierro decimonónica. No obstante, la más famosa de las fuentes no la encontraremos aquí sino en un edificio más moderno y no tan interesante desde el punto de vista estético (fue construido en 1975) como es el Vrídlo o columnata de la fuente Termal. Ojo con ella, pues sus aguas fluyen a la nada despreciable temperatura de 73 grados… La iglesia barroca de María Magdalena, la ortodoxa de San Pedro y San Pablo, el Teatro Municipal o el Grandhotel Pupp, con sus tres siglos de experiencia, acaban de puntear la visita. Aunque si la empezábamos con el Becherovka, no estaría mal acabarla con otro producto que tiene aquí su cuna, y que no es otro que el cristal de Bohemia, “el rey de los cristales y el cristal de los reyes”, creado por el maestro tallador Ludwig Moser. Su fábrica, todavía en activo, no defraudará las expectativas.

Karlovy Vary, las fuentes de la salud
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