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Relato de viaje a París - La ciudad sin límites

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Enviado por: ropavieja (667 lecturas)

Son varios los viajes que he realizado a Paris. Para muchos la capital del mundo. Todos en muy distintas épocas. Los recuerdos, las experiencias vividas en esta ciudad se mezclan en mi memoria y me resulta muy difícil separar y encasillar cada momento en su lugar.
El primero de estos viajes fue en 1975, corría el mes de septiembre y el generalísimo Francisco Franco organizaba el asesinato de cinco españoles: fueron fusilados al alba; como bien dice en su canción L. Eduardo Aute. Eran los últimos, pero no menos sangrientos coletazos del Régimen. Estábamos en una situación desesperada.
Los casi treinta días que viví allí, fueron muy intensos, las movilizaciones para evitar estas muertes anunciadas se producían a diario. Cientos de exiliados españoles junto a solidarios franceses, ocupábamos los Campos Elíseos , Notre Dame y la embajada española. Semejante efervescencia política nos recordaba al aún cercano Mayo del 68.
Las noches las pasaba acampado junto al río Sena, cerca ya del Bosque de Boulogne . De cuando en cuando me perdía a propósito por él, éste es un lugar con infinitas dosis de melancolía y belleza, cargado de misterio. Un bosque de ciudad que al conocerlo te impresiona sobremanera. A partir de aquí descubrí el gran amor que sienten los franceses por la jardinería, sólo hay que hacer una escapada hasta Versalles para percatarse de ello.
En nuestra memoria se fijan mucho mejor aquellas cosas que más nos han sorprendido, que más han llamado nuestra atención. En estas líneas quiero plasmar algunas de ellas, de forma anárquica, desordenada, sin caer en tópicos fáciles. No es mi intención dibujar postales de color. Siempre me ha gustado moverme por los suburbios, los barrios marginales, en definitiva, esas zonas bohemias y contraculturales de las grandes ciudades que visito.
Los barrios donde viven los argelinos, malviven, seria la palabra exacta, no tienen ningún desperdicio; son lugares hostiles, donde su visita produce escalofríos. Existe una película francesa su título es “Odio”, que refleja con bastante fidelidad lo que sucede allí.
En el mismo centro de Paris se ubica otro barrio de inmigrantes de raza negra, Barbés, así se llama; no tiene nada que ver con lo que he mencionado antes. Penetrar en él es como entrar en África, sus edificios se encuentran bien conservados, las calles son bullangueras y muy coloristas; envueltas en una atmósfera compuesta por mil olores que se van desprendiendo de los puestos callejeros de comida preparada, pero también de flores y frutas. Cuando lo visité, mi estado anímico se elevó. Es como una isla rodeada por unas fronteras amenazantes que enarbolan las banderas de la opulencia y la mediocridad.
No muy lejos de allí se encuentra la basílica de Sacré Coeur, y en su antesala unas escalinatas que van ganando altura hasta llegar a la misma entrada del edificio religioso. Al atardecer estas escaleras a modo de anfiteatro se convierten en un foro multicultural, étnico. La música es protagonista, también la alegría, el desparpajo, la juventud, la rebeldía, el inconformismo. Enseguida se crea un ambiente divertido; se habla, se come y se bebe mientras se establecen lazos de amistad.
Creo que fue en el tercer viaje cuando decidí visitar la tumba de Jim Morrisón, ésta se encuentra en el cementerio Pére-Lachaise, un lugar de peregrinación para jóvenes y maduros; la lápida y el busto del cantante de los Doors que cubrían sus restos desaparecieron una noche: ahora un gendarme hace guardia permanente ante la nueva losa, para disuadir a posibles coleccionistas y profanadores de tumbas. Es un continuo ir y venir de personas; algunos rezan, otros hacen fotos y ponen flores, los menos dejan objetos personales, incluso botellas de boubon (la bebida que tomaba Jim Morrisón), también poesías y epitafios; a veces alguien rompe el silencio con una guitarra entonando “Ligth my fire”.
Otra actividad aconsejable es recorrer los variados restaurantes asiáticos repartidos por toda la urbe, los vietnamitas son mis preferidos. Para luego dirigirse hasta Neully a tomar un café expreso en las barcazas reconvertidas en románticas cafeterías, varadas en las orillas del Sena, mientras fumamos un Gitanes o un poco de cannabis adquirido a cualquiera de las decenas de “camellos” que pululan por los alrededores. Todo ello a la sombra de los impresionantes palacetes habitados por la burguesía parisina.
No me gustaría acabar sin mencionar a Le Marais, pintoresco lugar habitado por artistas y gays. Y a Montmartre , proclamada en “Comunidad Independiente”, y como “emperador” de la misma a Salvador Dalí”.
Para acabar quiero mencionar la catedral de Saint-Denis, inspiradora y protagonista del libro de Ken Follet, “Los pilares de la Tierra”, una joya arquitectónica donde las haya.
Paris sigue ahí, inclinada sobre el Sena, contradictoria, eterna.

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