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Relato de viaje a Valle de Boí - Cuando en la montaña se practicaba la trashumancia

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Enviado por: Dunia (372 lecturas)

Hubo un tiempo en que las familias pudientes de las zonas rurales tenían: criada e incluso pastores. Los pastores cuidaban de los rebaños de los más adinerados, pero debían trasladarse con los animales a las tierras bajas cuando llegaba el invierno. Llegaban hasta las poblaciones menos frías de Margalef, Grealó, Vencillón, Montoliu, Sucs, Suquets o Juneda, poblaciones que se encontraban en muchos casos a doscientos kilómetros al sur. A este cambio de lugar del verano al invierno es lo que se conoce como trashumancia.


Bajaban en otoño por un camino antiguo que existía, por donde ahora se encuentra construida la carretera actual que sube desde Lleida a los Pirineos. Ya que todas las poblaciones poseían rebaños, había más de un pastor que debía tomar este camino. Los pastores llegaban a tardar 30 días en bajar del Valle de Boí a las zonas menos agrestes. Ataviados con su morral, bastón y su perro, dormían al raso, al lado del rebaño y si había suerte, a veces encontraban un corral donde encerraban al ganado y aquella noche dormían, pastores y animales cobijados.
   

En primavera volvían a las montañas, pero esta vez se juntaban todos los rebaños y conseguían subir mucho más rápido; en tan sólo quince días. Se reunían en la Ermita de Sant Pere dels Pastors ubicada cerca de Guissona donde celebraban una misa antes de la ascensión. Otro de los oficios que existían y que ha prevalecido en el tiempo es la figura del vaquero. El vaquero es el encargado de guardar todas las vacas del pueblo. El cuidado de las diez vacas de un vecino de Boí; lo mantenían durante diez días, las del vecino de Taüll eran siete cabezas, así que tendría para una semana más de manutención. Actualmente el rebaño de vacas suman un total de 350 cabezas de ganado. En una cabaña ubicada encima de la montaña, pasa los meses de verano el vaquero, cuidando de ellas, desde el 1 de junio hasta el 1 de noviembre. Dos veces por semana le suben comida del pueblo y así él no necesita bajar. 


Atrás han quedado los años en los que el vaquero, llamaba a las vacas con una caracola marina para reunirlas en el establo. Era un sonido tan especial que todo el pueblo lo conocía. Los habitantes en su totalidad, colaboraban para pagarle un pequeño jornal, como pasaba con el hombre que cuidaba a las yeguas. Yeguas y vacas pasaban el verano en la montaña, compartiendo el forraje durante mucho tiempo. Pero lo que abundaba en el Valle de Boí eran las cabras, (¡hasta el capellán tenía cabras!). El cabrero pasaba por los pueblos tocando un cuerno e iba reuniendo las cabras, que pasarían finalmente el día paciendo. Al atardecer las devolvía a los pueblos, donde era invitado a cenar. En la casa donde esa noche cenaba el cabrero, era una fiesta para los más pequeños que escuchaban embobados las miles de historias que amenizaban toda la velada. Lejanas quedan aquellas casas ricas que podían contar en su propiedad con 100 yeguas, 100 vacas y más de 1.000 cabras, pero no hay que perder la esperanza, quien sabe si el turismo rural y la necesidad de vida sana que demandan los habitantes de las ciudades, haga que alguna vez vuelva el valle a necesitar pastores, vaqueros y cabreros.

 

Cuando en la montaña se practicaba la trashumancia
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