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Relato de viaje a Copenhague - Copenhague no es Dinamarca

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Enviado por: Cambaluc (2316 lecturas)

Países pequeños, sin una relevancia notable a priori, ven como sus capitales les roban la identidad. Son pocas las personas que saben que el escritor de cuentos Hans Christian Andersen era de la ciudad de Odense y no de Copenhague, por cierto, ésta última es la  capital de Dinamarca, qué curioso.

Podría decirse que Copenhague vive del cuento, de los cuentos de Andersen, se entiende, pero se estaría siendo injusto con la ciudad que vio nacer en 1995 el Movimiento Dogma. Tópicos como el color de la piel y del pelo, la frialdad del carácter de la gente, pronto se olvidan y se descubre  por qué es conocida como la joya de Dinamarca.El día y la noche presentan las dos caras en las que se divide la ciudad, la aparentemente nórdica y la desconocida  latina.

Y es que cuando Andersen decidió comenzar sus cuentos con una referencia al clima, “¡Qué frío hacía!”, en vez el clásico “Érase una vez”, estaba avisando a los futuros visitantes de lo que les esperaba si se atrevían a conocer la ciudad que le adoptó. Frío aparte, no hay curioso que  trate de leer  el alfabeto Nórdico Oriental en cada uno de los muchos letreros que se pueden apreciar en la comercial y peatonal calle de Stroget . Pronunciar correctamente, al menos lo que un forastero entiende por esta palabra en danés, el nombre de una calle, de un barrio, de un museo, etc. puede resultar un divertido juego para niños y adultos, donde los nombres de Hansen y Jensen se leen con orgullo, como un copenhagüense más. Las impronunciables palabras y tres únicas vocales dotan de personalidad y exclusividad a la ciudad.

Sus reducidas dimensiones la convierten en una ciudad acogedora. No hay distancia que se pueda cubrir dando un paseo o pedaleando en bicicleta. Ambas opciones son igual de válidas para llegar a integrarse en la ciudad y descubrir Nyhavn , antiguo barrio portuario, con sus burdeles y locales donde los marinos se tatuaban la piel para la eternidad como símbolo de fidelidad a unos valores, hoy zona de paso obligatorio para todo turista que se precie. Restaurantes, tiendas y unas fachadas de vivos colores no escapan de los objetivos de los más nostálgicos. Yendo hacia el Norte se encuentra Frederiksstaden, el barrio de Federico V, lugar donde se ubica el Palacio Real y la Iglesia de Mármol. Un último esfuerzo y se alcanza a conocer el símbolo de Copenhague, La Sirenita. Título de un cuento de Andersen. Ésta renunció a la inmortalidad a cambio de tener dos piernas como toda mujer para no perder el amor de su príncipe enamorado. Esta escultura simbólica de bronce ha sido objeto de vandalismo urbano y ha causado gran dolor entre la población. Copenhague sin su Sirenita estaría huérfana y los turistas se volverían a sus lugares de residencia vacíos. Constituye un monumento tópico, pero igual que París tiene la Torre Eiffel, Roma el Coliseo y Londres el Big Ben, Copenhague tiene a la sirena de Andersen, un homenaje a éste escritor de cuentos infantiles  y un medio de recordar su carácter de ciudad marina.

Fuera del circuito más convencional existe Cristanía. Lugar donde otras formas de vida son posibles, donde los “antisistema” encuentran su sitio y donde la paz,  el amor y la subsistencia son las consignas. Un oasis dentro de un mundo capitalista. La realidad es que, Cristanía no deja de ser la utopía de si misma. Pocos de los valores que la hicieron posible perduran hoy y ha sido el mundo del hampa el que ha encontrado un refugio para sus actividades,  que nada tienen que ver con las defendidas por los fundadores de tan especial lugar.

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