Si mi paso por Bruselas no me había supuesto ni el más mínimo salpullido emocional…, Brujas me lo iba a dar todo, fue como pasar al otro lado de la puerta, de la zona oscura, gris y funcionarial a la luz, al color y a las cosas hechas con gusto, de verdad, un lugar digno de ser vivido y disfrutado… y eso es lo que hice, corretearla como un niño. Cruzaba un puente de estampa sobre un canal y lo volvía a desandar porque la nueva perspectiva me revelaba detalles que antes no había apreciado en su intensidad. Edificios con encanto, como recortados sobre una maqueta, con las fachadas escalonadas, desiguales, caprichosos, reflejándose sobre lo húmedos adoquines de unas calles hechas para ser vividas y paseadas hasta la extenuación.
Pequeños y acogedores restaurantes, casi flotando sobre los canales , las calles de agua, románticas. Mesas adornadas con detalle asomándose a las aguas de un canal. Hasta la climatología me acompañaba en esta aventura repleta de emociones. Compré unos bombones, este es el país del chocolate hecho arte, la glotonería me vence siempre…, más todavía después de encontrar esas tentadoras pastelerías. Saboreando uno tras otro me enganchaba a esta ciudad, subiendo, bajando, embelesándome con unos hermosos ventanales a los que deseaba trepar y vislumbrar a través de los vidrios las caras de felicidad de aquellos privilegiados habitantes de una ciudad extraída de los cuentos.
Resulta sorprendente ver a los foráneos con los ojos emocionados descubriendo cada rincón de esta bella ciudad. Una urbe que destila cultura, derrocha afabilidad, hospitalidad… No me gustaría entrar en el adjetivo fácil, pero una vez que has entrado en ella… o ella ha entrado en ti, el orden de factores no altera…, cuando estás sometido por su embrujo, por su magnetismo, sería desagradecido ahorrar calificativos, los merece sin duda alguna.
Al principio de la visita iba acompañado de otras personas, pero no me resulto difícil quedarme solo. No quería que nada ni nadie adulterara semejante acontecimiento, aunque resulte egoísta por mi parte, no deseaba compartir esta aventura con nadie.
Me hubiera gustado detener el tiempo y quedarme camuflado entre esos históricos muros, vagar eternamente por los tejados y sus caprichosas chimeneas. Llevar una vida apacible en una época medieval, vivir entre sus campanarios, en los viejos molinos, hacerme dueño de sus murallas y torres… Saludar a los conocidos por sus calles flamencas. Casi nunca me había pasado, al menos con tanta intensidad: en cada esquina se me despierta la imaginación.

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