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Relato de viaje a Sydney - PINTURAS ABORIGENES EN KAKADU-El amanecer de la espiritualidad

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Enviado por: starrover (2956 lecturas)

Tras pasar dos semanas atravesando el enorme desierto que ocupa todo el interior de la isla-continente australiana desde Perth, nos recibe el húmedo trópico del norte. Una parada de dos días en la Garganta de Katherine, nos sirve para comenzar a aclimatarnos al nuevo entorno antes de ponernos en camino hacia el Parque Nacional de Kakadu, una inmensa reserva natural y quizá el principal parque nacional terrestre del país. El visitante dispone de un buen número de posibilidades a la hora de visitar la zona, desde cruceros fluviales para la contemplación de la fauna hasta caminatas de dificultad variable siguiendo las sendas y pistas que el gran público pudo ver en las películas de Cocodrilo Dundee (que fueron rodadas parcialmente aquí) . Durante la temporada húmeda, la vida en Kakadu sufre una transformación radical: muchas pistas y carreteras quedan anegadas, por lo que el acceso a bastantes lugares resulta imposible. La temporada seca, al final de la cual nos encontrábamos en el momento de nuestra visita, tiene otros inconvenientes: una temperatura de 40ºC con una humedad del 90% era una combinación aplastante que pulverizaba rápidamente el ánimo mejor dispuesto. Decidimos emplear parte de nuestra primera mañana en el parque profundizando en el complejo mundo aborígen.

Una de las amargas ironías de la Historia es que los colonos y convictos emancipados que comenzaron una nueva vida en la colonia australiana de Nueva Gales del Sur sólo acertaran a modelar su identidad destruyendo la de la cultura que ya habitaba aquellas tierras, los Aborígenes. No resulta sencillo aproximarse al mundo aborígen, a menudo receloso del hombre blanco y cerrado sobre si mismo cuando no en franca descomposición. Pero uno de los lugares donde ello resulta posible es en Kakadu, el lugar de Australia con mayor concentración de arte rupestre, hogar de los aborígenes desde hace miles de años.

Los gagadu, los habitantes tradicionales de estas tierras, llegaron hace dos mil generaciones, miles de años antes de que los primeros imperios y civilizaciones dejaran su huella en la Historia escrita. Desde entonces han habitado aquí, aprendiendo a vivir del entorno al tiempo que modificándolo. A lo largo de decenas de miles de años, dejaron su impronta espiritual en la forma de pinturas rupestres en miles de paredes y oquedades rocosas de la región, permaneciendo aislados hasta la llegada en el siglo XVII de pescadores indonesios, los macassan. Los dos pueblos eran completamente distintos pero dado que su relación era meramente superficial y basada en el comercio, el modo de vida aborígen no se vio alterado. La llegada de los hombres blancos tuvo un efecto completamente diferente. La percepción que éstos tenían de aquéllos no podía ser más negativa. Los primeros exploradores holandeses emitieron opiniones nefastas: “salvajes, crueles y bárbaros negros” (Willem Jansz, 1606) o “las más miserables y pobres criaturas que jamás he visto” (Jan Carstenz, 1628). La llegada de colonos, el establecimiento de granjas y el empleo de mano de obra aborígen terminó por quebrar las bases de una sociedad que había conseguido permanecer estable durante decenas de siglos.

La sociedad aborigen tradicional se articulaba en pequeñas tribus que apenas superaban los diez grupos familiares. Cazaban en espacios acotados por los antepasados y la convivencia se basaba en una división básica del trabajo. Las mujeres y los niños se encargaban de recoger raíces, bayas, tubérculos, huevos, larvas, bulbos, insectos comestibles,… mientras que el oficio de los hombres era la caza, utilizando para ello armas de madera. La solidaridad tribal y sus estrictos códigos de comportamiento regulaban las relaciones de los individuos. Es la más compleja estructura de castas que se haya concebido en una cultura tradicional, con un complicadísimo sistema de relaciones personales, familias, grupos, clanes y tribus. La única forma común de autoridad era el consejo de ancianos, depositarios de la tradición oral y de los saberes colectivos de la tribu. Al llegar a la pubertad, el hombre podía ganar prestigio por su habilidad como cazador, la lealtad a la tradición y, sobre todo, por su conducta honrada y sensata.

En la cosmología aborigen, el Tiempo de Sueño o Ensoñación es la remota era en la que gigantescos seres conocidos como Ancestros o Antepasados surgieron de la tierra y vagaron por el mundo, dándole forma en el curso de sus viajes, luchas y peripecias. Para los aborígenes, el paisaje está vivo y, si se sabe leer, nos cuenta historias del pasado, el presente y el futuro. De hecho, a sus ojos, Australia es como una tela de araña cuyos hilos los forman los recorridos de aquellos mágicos seres. Dicha trama define rutas, itinerarios y fronteras de separación entre tribus. Peñascos, gargantas, estanques, cavernas... no sólo son obra de los Ancestros en el tiempo en el que moraron aquí, sino que aún retienen parte de su poder. De esto se desprende que toda la tierra y todo lo que ésta contiene es sagrado, ya sea inanimado o vivo. Entre estos antepasados se encuentra la Madre Tierra, que recibe el sencillo nombre de Warramurrungundji y que se cree que viajó por todo el mundo creando ríos, lagos y vida salvaje antes de transformarse en una enorme roca -su "Lugar de Ensueño"- en Kakadu. Otra figura chocante de esta mitología es la Serpiente del Arco Iris, un símbolo desconcertantemente común a otras culturas totalmente independientes, como los Incas sudamericanos.

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