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Relatos de viaje a Brisbane. Infórmate para tus vacaciones en Brisbane

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Enviado por: YoLuiso (1175 lecturas)

Reporte.17             
'Byron Bay, paraíso de surferos', nos dijeron. Y nosotros, que ni nos acercamos a la tabla de planchar, dijimos vamos allá y allá que nos fuimos. Llegamos de nuevo de noche y sin alojamiento, que parece que de otra forma no sepamos, y sólo conseguimos sitio en un dormitorio de diez camas que resultó estar lleno de ropa pero absolutamente vacio. Malo, pensé. Efectivamente, al dar las cuatro de la mañana, y en lo que empieza a ser una costumbre, comenzó un incesante goteo de gente borracha, que es algo que a mí no me molesta demasiado dado que podría incluso dormir en el Congreso, pero Isra, que es del Atleti, se paso otra noche en blanco y tiene ya unas ojeras que como le vea un chino igual le planta un arrozal.
           
Dejamos el hostal al día siguiente y nos fuimos en busca de otro, craso error.  Me recorrí la ciudad entera, pero solo vi camas libres en una tienda de muebles. Desesperados, volvimos al hostal rogando nos devolviesen la habitación, y lo pasamos muy bien y se rieron mucho, pero plazas no quedaban. Finalmente encontramos un discreto motel de carretera al precio de un cinco estrellas que contaba, eso sí, con una televisión por cable donde Isra tuvo ocasión de sufrir una nueva derrota de su equipo.
           
Byron Bay es un bonito lugar con una playa estupenda que no pudimos disfrutar porque nuestra estancia en el lugar estuvo pasada por agua, que vaya manera de jarrear. Como eco de nuestros lamentos, la gente repetía que aquello era muy extraño en la estación seca y que no llovía tanto desde hacía siete años. Nosotros no dijimos nada, porque después de dejar en China el peor temporal en los últimos cincuenta, igual se pensaban que teníamos algo que ver y nos corrían a gorrazos. Solo espero no encontrar un huracán en el próximo destino.
           
Pero si el día fue mojado, la noche no le fue a la zaga, que hay que ver como empinan el codo por aquellos andurriales. En el patio de nuestro antiguo hostal la gente ingería latas de cerveza como si lo fuesen a prohibir. Sin embargo, nos sentamos junto un chaval que bebía de una botella en una bolsa de papel. Yo dije que llovía mucho y el que si, que mucho. Que cómo se llamaba, que Jean-Paul, que qué hacia en Australia, que viajando, que qué bebía, que vino, que si estaba bueno, que en su país era mejor, que de donde era, que de Chile, que bonito país debía ser ese, que lo era, que no sabía que coño hacíamos hablando en ingles, que también él lo ignoraba, que seríamos idiotas, que lo seríamos.
           
Es curioso ver como en los pubs de Byron Bay, cientos de jóvenes de entre diecisiete y veinticinco añitos bailan con fenomenales melopeas sobre enormes mesas fijadas al suelo, todos guapos, todos surferos. Todos luciendo sombreros de moda, collares y gafas de sol de las de interior de discoteca. Pero entre tantos watios, el acento australiano, ya de por sí difícil, se torna imposible de entender y con el balbuceo que les produce el alcohol acaba uno por entender lo mismo que si le hablasen en húngaro clásico. He descubierto que cuando en una conversación a todo respondes con 'yeah' al final te toman por imbécil.
           
Así pues, como la comunicación estaba siendo un problema, no me quedó más remedio que agenciarme un sitio sobre las mesas para mostrar mis habilidades danzarinas. Pero, aunque el público recibía cada pieza con vítores, todas las canciones me eran extrañas, así que, esperando a que sonase el infalible ‘Tractor Amarillo’, eché un vistazo a la concurrencia y caí en la cuenta de que estaba rodeado de una juventud insultante que bailaba sensualmente ataviada con los más ricos ropajes y me vi fuera de lugar como un abuelo barbudo y harapiento. Con las orejas rojas, bajé de la mesa y me dirigí a la barra. Me estoy haciendo viejo para esto.
           
Está lloviendo. Escribo estas líneas en la habitación de un hostal pensando en las sensaciones que me deja la costa australiana, paraíso de veinteañeros donde surfear, estar de fiesta y conocer gente de todo el mundo, al que he llegado tarde. No me siento mayor, pero me ha pasado el tiempo de bailar sobre las mesas. Me esfuerzo en pensar que solamente he atravesado una etapa y, aunque siento que estoy satisfecho de mi edad y de mi vida, una voz dentro de mí me pregunta qué estaba haciendo yo cuando tenía aquella edad y en un principio no puedo acordarme. Sin embargo, poco a poco se abre paso en mi memoria el recuerdo de pasadas correrías junto a mis hermanos los Jonases, cuadrilla de amigos del vino y las ajenas mancebas, marrulleros y farrucos, malos parladores y peores rezadores, aficionados a golfas y comilonas, montadores de grescas y asiduos de juergas y borracheras, ladrones de la virginidad y poetas de la grosería, trovadores de la falacia y tejedores de la mentira. Parece que escampa.
 
Reporte.18 
            
Partimos de Byron Bay con más recuerdos de bares que de playas, que es ligero equipaje para tan largo viaje, y nos dirigimos esta vez a la ciudad de cemento de Brisbane, en cuyas inmediaciones nos dió por visitar una curiosa granja donde observamos atentamente una demostración de como un perro australiano era capaz de conducir un rebaño hacia un establo, lo que fue muy vistoso, si bien pensé que los pastores castellanos hacen lo mismo con dos silbidos. Sin embargo, era divertido ver como de un salto se montaba el perro sobre las ovejas, cosa que por otra parte en mi pueblo también hace algún pastor. Una cosa me llama la atención en lo que llevamos visto de país, y es que la población aborigen no desempeña prácticamente ningún trabajo y muchos viven en la indigencia. En un autobús vimos un cartel que decía: 'Esta empresa no es discriminatoria, también contratamos mujeres y aborígenes'. No sé que pensará el sagaz lector, pero algo me dice que el propio cartel ya tiene algo de discriminatorio.
           
Vimos también una reserva de canguros, que no había más porque no cabían, y de koalas, animal este que tiene una hora de actividad al día dedicando el resto a descansar, todo ello sin haber opositado.
           
Volvimos a Sydney, mas no al mismo hostal, pues esta vez escogimos uno de tanta categoría que solo teníamos que compartir habitación con otros dos. Uno de ellos, rondando los sesenta, tenía aspecto de malhechor, y algo habría de eso porque nos mostró hasta tres carnés con su foto y distintas identidades. Cuando le preguntamos para que lo quería se encogió de hombros y, como si fuera la pregunta más obvia del mundo, respondió 'para no ir a la cárcel'.
           
El otro inquilino era un chaval austríaco llamado Pierre, que tras unas cervezas nos explicó su historia. Sin tener casi estudios, a los catorce años hizo su primera inversión en la bolsa de Nueva York, a los dieciséis creó su propia compañía y en la actualidad es absolutamente millonario, un personaje público en Alemania y uno de sus libros financieros está en la lista de los más vendidos en la historia en aquel país. Tiene veintidós años.
           
En una charla de una hora, algo por lo que suele cobrar tres mil euros por asistente, Pierre nos explicó que la bolsa la manejan cuatro y que la inmensa mayoría de los índices económicos y noticias financieras, e incluso políticas, estaban destinadas a dirigir el dinero del resto de inversores hacia sus bolsillos. Cuando la bolsa sube gana dinero y cuando baja gana mucho dinero. Todo esto parece muy complicado pero simplemente consiste en... bueno, tampoco quiero aburrir con detalles.
           
Con lo que he dicho hasta ahora he definido simplemente a un millonario. Pero Pierre es mucho más. Es buena persona, divertido y sencillo, que cansado de la soledad de los grandes hoteles, viaja por el mundo pegado a un portátil alojándose en lugares donde pueda conocer gente. Sé que su historia parece increíble, pero la he comprobado en Internet.
           
Tomamos un taxi los tres hacia Kings Cross, pero el ambiente cosmopolita y festivalero que habíamos conocido un fin de semana, había dejado su lugar a esa inquietante atmósfera que aportan como nadie prostitutas y traficantes. Uno de los tres ingleses que ante nosotros hacían cola para entrar a un bar, tras denegársele la entrada por cogorza, insultó al portero y fue lo último que dijo antes de comenzar una estricta dieta a base de papillas, tal fue el puñetazo que recibió en el rostro, que le rompió la mandíbula y debió doler hasta el sonido. De algún lugar aparecieron otros tres gorilas que comenzaron a golpear salvajemente con puños americanos a los otros dos y al que yacía sangrando en el suelo hasta dejarlos casi inconscientes. Me hubiera gustado poder decir que intervinimos en su defensa o que intentamos detener a aquellos animales, pero lo cierto es que nos quedamos paralizados sin reaccionar ante tanta violencia. Un taxi nos llevó de vuelta al hotel y todavía cuando lo recuerdo se me eriza el cabello, como cuando consulto el saldo de la cuenta.
           
Dedicamos el tiempo en Sydney a visitar como tres tenores la ópera, a navegar por la bahía y a acudir a Bondi Beach, enorme playa de surferos sembrada de cuerpos yacientes con especialidad en carne roja muy hecha.              
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Enviado por: Vamosquenosvamos (1348 lecturas)

Este texto está extraído de la web vamosquenosvamos.com. El resto de información acerca del viaje (alojamientos, actividades, coches, links..) y el viaje contado día a día lo podéis encontrar allí. Saludos!
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Enviado por: Vamosquenosvamos (1291 lecturas)

Este texto está extraído de la web vamosquenosvamos.com. El resto de información acerca del viaje (alojamientos, actividades, coches, links..) y el viaje contado día a día lo podéis encontrar allí. Saludos!
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Usuario  
Enviado por: Nostromon (2173 lecturas)

Después de una incómoda noche en ruta llegamos, 17 horas después de dejar Sydney, a Brisbane, conocida popularmente como Bris-Vegas y famosa por su movida nocturna y ambientillo cultureta. Brisbane es una ciudad a orillas del río que lleva su mismo nombre, y relativamente nueva, algo que se nota cuando paseas por sus calles. En los dos días que estuvimos allí lo más interesante que vimos fue nuestro alojamiento (el Tourist Guesthouse), un sitio con mucha personalidad y muy acogedor. Es una casa de finales del siglo XIX que ha mantenido su estructura original de la época.

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