Esta vez escogimos nuevamente viajar al extremo oriente para explorar nuevos territorios. El destino de partida y de vuelta sería la excolonia británica de Hong Kong (HK), ubicado al sureste de China y desde 1997 incorporado a la República Popular como “anexo”, porque funciona “a su bola” en casi todo… El motivo del viaje, la visita a numerosos amigos expatriados allí instalados, y recorrernos nuevas tierras, por lo que entre medias hicimos una breve escapada a Macau (vecina de HK) y fuimos una semana de visita a Malasia (Kuala e Islas Perhentian), aunque eso ya lo relataré en otra ocasión.
Hong Kong
El avión aterriza en una isla (artificial) relativamente alejada del núcleo, y ya en un primer momento llama la atención la orografía tan abrupta que se divisa; no de gran altura, pero salpicada de islas y de pequeñas montañas que se levantan al más puro estilo Río de Janeiro. De camino, cogimos el tren rápido que en 20 minutos te acerca al cogollo y que en el trayecto permite hacerse una idea, por un lado, del brutal tráfico comercial que genera HK (¿se trata del puerto con mayor tráfico del mundo?) y, por otro lado, de lo abigarrado del espacio público, colmado de rascacielos que más que modernos calificaría de comunistas por su único sentido funcional cual si de colmenas se tratase al más puro estilo Benidorm rancio. Tras los saludos de rigor a la llegada, ya estábamos dispuestos a conocer la ciudad.
¿Cómo es HK? Lo primero que recuerdo es mi asombro y sorpresa. Iluso de mí, iba con la idea de encontrarme un mar de edificios acristalados de arquitectura moderna, todo muy urbanita con estéticos jardines y avenidas, y una ciudad con un toque chino pero más bien occidental y muy nueva; “La Perla de Asia” escuché nombrarla en una película Jolibudiense… Negativo. No por lo de Perla, que haberlas haylas unas cuantas, ni porque resultase una decepción en su conjunto. Simplemente no tenía nada que ver con la imagen que me había formado. Y oye, edificios acristalados tiene unos cuantos; tiendas occidentales y “blanquitos”, muchísimos; su centro es ciudad por los cuatro costados con lo que ello conlleva de atascos, Malls, letreros luminosos, rascacielos, trajes andantes… y cuenta además con el recorrido en escaleras mecánicas más largo del mundo; pero sin embargo…
HK también es cutre. Más allá del sofocante calor y humedad, la ciudad es por el día un tanto gris, la mayor parte de edificios de viviendas se encuentran descascarillados, la polución cubre la atmósfera, los mercadillos chinos de comida o ropa barata se apostan en los callejones frente a las grandes boutiques y restaurantes réplicas de sus casas europeas; las vertiginosas cuestas obligaron a idear un laberíntico entramado de calles; y sin embargo, a escasa media hora de la frenética actividad cosmopolita te sitúas en mitad de un bosque tropical con vistas al mar salpicado por inhóspitas islas.
Decadente, la denominaba uno de los españoles que conocimos. Hong Kong, “The City of the World in Asia” anunciaba Cathay Airlines. Lo cierto es que ambas definiciones se acercan mucho a los recuerdos que me deja la ciudad. HK tiene la estampa impresionante que ofrecen las vistas desde el Peak (el pico de la isla), pero no me resultó bonita en sí misma más allá de la arquitectura de ciertos edificios de oficinas.
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