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Relato de viaje a Kuta - Encontronazo con Bali

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Usuario  
Enviado por: Aunmaslejos (1890 lecturas)

Nunca olvidaré el jarro de agua fría que me llevé al llegar a Bali, la famosa y mítica isla de Bali, llevábamos semanas deseando que llegara ese día, el 23 de abril, y cuando llegó todo fue de mal en peor. Nuestro primer contacto con los indonesos fue en el mostrador de inmigración donde se compraban los visados, 25 dólares por persona por 30 días de estancia, no un mes, hecho importante para nosotros, el policía que nos tenía que poner el sello de entrada nos confirmó con toda la arrogancia del que se sabe en una posición de poder que tendríamos que pagar una multa para salir del país si no cambiábamos nuestro vuelo del día 23 de mayo al 22, no dábamos crédito, no íbamos a pasar en el país ni 30 días, poco más de 29, pero ese 23 de abril contaba como un día entero, aunque no aterrizamos hasta las nueve de la noche, y el visado no era de un mes. Lo peor no fue la noticia en sí sino el desagradable tono de las autoridades, con las que volveríamos a tener contacto al día siguiente.

Con las mochilas al hombro nos acercamos a la taquilla de taxis con precios prefijados, y, aunque nuestro destino era Central Kuta, nos cobraron 5.000 rupias más de lo que indicaba el cartel. Nuestro taxista, un chico joven balinés hinduista, no nos entró muy bien, ya que uno de sus primeros y únicos comentarios fue una desagradable crítica hacia los musulmanes, hacia los cuales nosotros sentimos especial afinidad, debió sentir que había metido la pata y que no éramos los típicos turistas occidentales anti-Irán, anti-Pakistán.

Terminó de meter la pata conduciéndonos hasta un hotel de unos 'amigos', del que seguramente hubiese recibido comisión por nuestra estancia, pero dio la casualidad de que sólo quedaban habitaciones de las caras, con aire acondicionado y, a juzgar por el precio, sábanas de seda y oro. Aunque Rafa no estaba de mucho humor para buscar otra cosa yo insistí y en menos de dos minutos un chico me comentó en la misma calle que si buscábamos habitaciones económicas en su hostal podíamos quedarnos por 40.000 rupias (3,3 euros al cambio), la habitación no era nada del otro mundo, eso sí, grande y con baño, pero el lugar era muy acogedor, en la entrada de la habitación había una mesa con dos sillas y un tendedero para la ropa (mobiliario que se repetiría en todos los alojamientos de la isla). Allí sentados disfrutaríamos las dos mañanas de un sabroso desayuno incluido en el precio, rodeados de árboles y ofrendas para los dioses.

El primer día alquilamos una moto en el hostal por 35.000 rupias y salimos a explorar la zona, lo que inicialmente iba a ser una pequeña excursión mañanera se prolongó hasta las 3 de la tarde. Nuestra primera parada fue en Tanah Lot, uno de los templos más famosos y visitados, erigido junto al mar entre peñascos. No se trata de una única edificación, varios templos de distintos tamaños e importancia se encuentran desperdigados por el complejo. El rato que pasamos paseando en este lugar fue el primer momento de bienestar desde que aterrizamos, si no fuera por estos lugares...

Tras una retahila de noes a los insistentes comerciantes apostados estratégicamente entre la taquilla y la entrada al templo nos subimos de nuevo en nuestra montura y bajo un sofocante calor condujimos hasta Krambitan; el tráfico era horrendo, sobre todo en las grandes vías, sólo nos sentíamos seguros y nos relajábamos en los pequeños caminos asfaltados entre aldeas. Krambitan, como tantos pueblos en Bali, está repleto de templos, con sus clásicos ladrillos rojos y las estatuas de piedra gris, materiales típicos del sur de la isla, sin embargo la localidad no es famosa por sus templos sino por los palacios de la que fue en su momento la familia real Tabanan. Únicos visitantes en el lugar nos sorprendió la amabilidad y hospitalidad de las gentes, nadie nos pedía ni nos ofrecía nada y parecían saludarnos con total franqueza, se notaba que por allí pocos extranjeros pasaban.

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