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Relato de viaje a Delhi - Vergüenza y pena

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Enviado por: Laurapé (563 lecturas)

“Mirándoles a ellos y a sus miserias, y a su desbordada gratitud, me invadió la vergüenza y la pena, vergüenza ante mi vida fácil y confortable y la de los políticos de nuestra ciudad que ignoran a esta vasta multitud de hijos semi-desnudos de la India, pena ante la degradación y la desbordada pobreza de la India”[*]. Vergüenza y pena; así describió Nerhu el sentimiento que le inspiró su nación, sus niños en la calle, sus rickshaws desordenados en hambre y la despreocupación de sus dirigentes. Hoy tal vez seguiría sintiendo lo mismo. Él aventuraba tal descripción sentimental antes de subir al poder, antes de la desastrosa descolonización británica (no más que el resto de descolonizaciones del periodo), antes de que su hija ocupara el poder. Hace ya medio siglo.

La India es una belleza fácil de explicar desde su autenticidad. Pero una autenticidad un tanto cruel en ocasiones desde la perspectiva occidental. Una belleza agobiante en algunos momentos y relajante en otros. La India no es un país espiritual, es un país pobre. Es un país que se libra de la violencia gracias a las creencias religiosas. Un país en el que todos aspiran a ser mejor en una vida posterior, y esto se consigue haciendo las cosas bien en la presente. Sus vecinos chinos hablarían de alienación religiosa, sus numerosos visitantes israelíes la calificarían de libertad. Allí son libres para rezar, eso seguro. Cada comunidad en su religión y después de los brutales enfrentamientos con su vecino Pakistán, cada religión en toda comunidad. Se comparten templos de una manera maravillosa, cada uno con sus voces interiores y con sus Dioses varios. Pero comparten lugares, porque son de todos. Es lo único que tienen y han aprendido a compartirlo, con una entrega total a sus creencias. Algunos se reencarnan en castas superiores, otros resucitarán mientras que otros descansan en el equilibrio de la naturaleza. Se respetan las opciones, porque no tienen demasiadas.

Se conservan las tradiciones y se escalonan las formas de vida. La mayoría son pobres, la mayoría no tiene casas que perder en las inundaciones del monzón, que no perdona un año. Los desastres de la naturaleza combinados con una desastrosa falta de higiene llevan las enfermedades hasta los más frágiles. Se celebra la muerte del anciano en gran fiesta, porque son demasiados los hijos que mueren; los atropellos del desorden, las mutilaciones, las infecciones de piel, el hambre… Porque fuera del lujo de ser europeo, sigue habiendo hambre. Un hambre que ha encontrado la estabilidad en una sociedad que no avanza hacia los derechos humanos. Donde el pobre no tiene la opción de dejar de serlo, o se acomoda en generaciones que la incultura no deja cambiar. Los niños enferman ante padres que no saben qué hacer, o que dejan de intentar hacer algo. Los niños de los trenes, la indigencia pueril y avispada que aprende sin Lazarillos de Tormes en sus leyendas. Y sí, hay que sentir un poco de vergüenza y pena de ser sus espectadores.

Texto original: “Looking at them and their misery and overflowing gratitude, I was filled with shame and sorrow, shame at my own easygoing and confortable life and our petty politics of the city which ignored this vast multitude of semi-naked sons of India, sorrow at the degradation and overwhelming poverty of India”.

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Comentarios

  • Avatar de cristina59 lunes, 09 de noviembre de 2009 cristina59 dice:

    Me ha gustado mucho tu relato. Explicas muy bien la realidad de un país tan pobre. Saludos.

  • Avatar de Rodríguez lunes, 09 de noviembre de 2009 Rodríguez dice:

    Me uno a las felicitaciones, creo que describes muy bien la compleja realidad India y lo que la mayoría de occidentales nos encontramos al pisar India por primera vez. Esta frase de tu relato "La India no es un país espiritual, es un país pobre" encierra una grandísima verdad. Ojala que las cosas mejoren para su gran mayoría.

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