Uno llega a Delhi después de…. ¿cuántas? ¿Diecisiete horas de vuelo?
Cuando pones el pie en la escalerilla del avión, compruebas en primera persona que significa: monzón. No importa la hora, a las seis de la mañana, puedes sentir el calor más húmedo de todos los que hayas experimentado anteriormente. Por sudar, te sudan hasta las pestañas, agobio, es la primera sensación fuerte que uno experimenta, tan sólo salir del Delhi Airport hasta el hotel elegido, será una experiencia. Bienvenido a la India, controles de inmigración, peleas para reservar un taxi prepagado que te lleve hasta el hotel elegido ya no por un precio asequible, sino para que el hotel sea el tuyo y no el que te sugieren y porque te mantengan el precio sin variaciones.
Suspiras triunfante cuando sales escapándote del aeropuerto dejando atrás taxistas falsos, timadores y otras aves de rapiña. Llegas hasta una cabina casi escondida donde pagas la carrera aún no hecha de tu taxi que de momento tampoco has visto y miras hacia el edificio del aeropuerto como aquel que deja una fortaleza protegida. Llevas en el cuerpo horas de vuelo y consideras que es muy temprano para empezar a sospechar de un posible timo, sin que nadie te vea, cruzas los dedos y sigues al conductor de tu taxi. Respiras hondo en el exterior del aeropuerto, antes de subir al vehiculo. Bienvenido a la Jungla, calor sofocante, bullicioso y variopintos grupos de gente, humos densos de toda clase de vehículos que queman mal su combustible, algarabía, follón, agobio y un batallón de taxistas en posición defensiva que te esperan, sí a ti. Casi se diría que pujan por ti por los gritos que salen de sus bocas de pocos dientes y te hacen señas con sus ropas raídas y con restos de manchas antiguas.
Adelantas el reloj cuatro horas y media con respecto al huso horario de España y por un momento piensas que has sobrevivido a tus primeras cinco horas en la India sin percance alguno y cuando estás a punto de celebrarlo te das cuenta que no llevas ni media hora. Después sales a esa ciudad llamada Delhi que ha formado parte de tu mente durante años y que ahora estás dispuesto a descubrir. La Delhi del desconcierto divertido, la Delhi del timo al estilo pillo, de las calles sencillamente agobiantes. Bienvenido a Delhi, ratas, perros, cabras, vacas, búfalos, camellos, papeles, bolsas, flores marchitas, basura, autobuses, camiones, coches, carros, rickshaws, carretillas, motos, scooters, bicicletas, polución, población y ruido, mucho ruido.
Prepara vuestras cámaras, vuestra memoria y vuestros ojos, el recorrido por las calles de Delhi puede hacerse inolvidable: trabajos en el asfalto sin señalizar, mujeres trabajando en las zanjas, tráfico caótico, leprosos en los semáforos, una danza urbana que ya no te abandona en todo el viaje. En India, la calle es la vida y la vida sucede en la calle, en la calzada o en los márgenes de las carreteras: animales sueltos o en rebaño; con pastor o sin él, vehículos de toda clase y con variados tipos de tracción: humana, animal o mecánica; ancianos, hombres, mujeres, niños; con algún destino donde ir a pie o en vehículo o abandonados solos o en grupo. Seres que trabajan, venden, comercian, peregrinan, rezan, se lamentan, piden, exigen, suplican, predican, charlan, gritan, discuten, juegan, leen, hacen música, cocinan, comen, beben, escupen, orinan, ensucian, duermen, se lavan, miran, observan, malviven pero no limpian. Bienvenido a la capital, la ciudad de las masas de gente anónimas, pero también la de personas con rostros, gestos, expresiones, adornadas con atuendos de otro mundo saris, sarongs, chilabas, uniformes, dhotis, kurta-pijamas, camisas, faldas, harapos, pantalones o taparrabos.
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