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Relato de viaje a Bundi - Bundi

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Enviado por: Carlos Manzano (2821 lecturas)

Rajastán es el estado más turístico de la India. No en vano, casi el 70% de los visitantes que entran en el país recalan aquí. Eso significa también que Rajastán ha perdido parte de ese encanto mágico que hechizó a los viajeros desde los tiempos de la moda “hippy” y que aquí uno se encuentra con la India más prosaica y materialista. Sin embargo, todavía quedan pequeños rincones por descubrir, espacios todavía no colonizados por el turismo de masas donde la gente hace su vida normal sin preocuparse por esos seres extraños salidos de no se sabe dónde que van y vienen con ropas sucias y abultadas mochilas. Aunque quizá por poco tiempo, Bundi permanece todavía como uno de esos lugares mágicos que conservan impoluto su antiguo atractivo y todo su encanto.

Ya desde la propia carretera, la primera imagen de Bundi sorprende e ilusiona al mismo tiempo: a los pies de un impresionante palacio, una miríada de pequeñas casitas en las que predomina el color azul recibe al autocar. En la estación no hay un solo letrero en inglés, pero a los pocos segundos de poner pie a tierra dos muchachas se nos acercan y nos ayudan a obtener la información que necesitamos. Dado que no hay ningún autobús que encaje en nuestros planes (el único "luxury bus" con dirección a Udaipur parte a las 9 de la noche), nos inclinamos por la alternativa del tren. Las muchachas, dicho sea de paso, regentan una guest house, y en realidad lo que pretenden es que nos alojamos en ella. Nos dicen que tienen habitaciones por 150 rupias.

Sin embargo, nuestra intención desde el principio es hospedarnos en la Haveli Braj Bhushanjee, que a tenor de algunos comentarios leídos en varios foros se ajusta mejor a nuestras pretensiones. En efecto, esta guest house se halla situada en una hermosa haveli de más de 200 años perfectamente restaurada y acondicionada para su nueva función, y constituye toda una maravilla de la arquitectura rajastaní. El precio de las habitaciones varía considerablemente, aunque las más caras alcanzan las 2000 rupias. Nosotros nos quedamos con una que cuesta 850, la cual dispone de air-cooler (un ventilador refrigerado con agua) y está exquisitamente decorada con bellos dibujos, espejos y figuras diversas: así nos hacemos la ilusión de que estamos, siquiera por unos segundos, en la india precolonial. El propietario de la guest house nos informa de los trenes que parten diariamente hacia Chittogarh, destino intermedio imprescindible para llegar a Udaipur. Así pues, una vez solucionados nuestros problemas de transporte, nos lanzamos entusiasmados a confirmar nuestras primeras impresiones.

La puerta de Chogan, que da entrada a la ciudad amurallada, y los aljibes que se hallan justo al lado constituyen nuestro primer contacto real con Bundi. Los aljibes son realmente impresionantes, tanto por su profundidad como por su diseño (decenas de escaleras que se suceden unas a otras hasta desembocar en un nivel cada vez más profundo). Lo terrible es el grado de abandono en que se encuentran: uno de ellos se ha convertido en el basurero principal de la ciudad; el otro, convenientemente vallado, tiene que ser abierto por una anciana a cuyo cuidado se han puesto las llaves del recinto. Por muy duras y precarias que sean las condiciones de vida en esta tierra, no deja de entristecer el escaso aprecio que sienten los indios por los innumerables tesoros arquitectónicos que albergan sus ciudades.

La ciudad, para empezar, es cálida y acogedora. Abundan las viejas havelis de elegantes fachadas, delicados balcones y trabajadas celosías, algunas pintadas de azul, todas en tonos suaves. Varias de estas havelis han sido acondicionadas como guest houses, aunque en estas fechas (estamos a mediados de octubre) los turistas escasean. Al atardecer, las calles se llenan de niños que juegan en grupos (preferentemente al críquet, el deporte nacional) y que a nuestro paso nos saludan con un lacónico hello o un veloz apretón de manos, al "exótico" estilo occidental. Un grupo me invita a jugar al críquet, deporte que no he practicado en la vida, cuyas reglas no entiendo y cuya técnica desconozco. A pesar de que parece sencillo darle a la pelotita con aquellos palos amplios y grandes, lo cierto es que entraña algo más de dificultad de lo que imaginaba.

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