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Relato de viaje a Thimphu - Mi Karma tiene 60000 kms

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Para salir de Thimpu hacia el este, por la única carretera que atraviesa el pequeño país, hace falta un permiso. Ni siquiera en un libro de una ciclista que recorrió hace años Bhutan se menciona ese hecho. Y no lo hace porque posiblemente ella tampoco lo sabía. Su agencia de viajes se debió ocupar de ese detalle cuando Laura Stone pagó los 200 USD diarios. Eso le daba derecho a viajar con un coche de apoyo que le llevaba las alforjas. Sólo así puedo entender los tiempos de subida de los puertos que la señorita marca y que, con alforjas, son imposibles de cumplir.

Mr. Rinzin me acompañó a la Oficina de Inmigración donde se tramitaba el permiso de carretera. Generalmente tardan un día en hacerlo pero yo no podía permitirme perder un día de visa. La amable mujer que nos atendió no concebía que yo viajara solo. Llamó a la Oficina de Protocolo y, la misma persona que autorizó mi visado, Mr. Kalden, se personó en diez minutos en nuestra sala. Thimpu, la capital de Bhutan, no debe ser más grande que tres campos de futbol. El hombre que acababa de llegar vestía por supuesto el gho y no tendría más de veinticinco años. Me dijo que había estado mirando mi página web, antes de darme el visado, y que prepararía en seguida el permiso de carretera. Una hora más tarde, con el permiso en la mano, me despedía de mis amigos y comenzaba la subida al primero de los muchos pasos de montaña que debía recorrer en mi camino hacia el Este. Pero pronto mi marcha se vió interrumpida por un coche. La periodista del diario más importante del país, Kuensel, quería hacerme una entrevista. Alguien le había avisado de que un turista, sin guía y en bici, andaba por el país. Días más tarde todo Bhutan ya conocía de mis andanzas. Hasta los monjes de los monasterios.

La bici nueva va realmente bien. Es más estable que la anterior y solo tenía un problema. Aún no tenía nombre. Y no está bien eso de no ponerle nombre a las cosas. Sobre todo a aquellas con las que pasamos tanto tiempo. En esta ocasión el nombre de la bici me vino rápido a la mente. Quizá por estar en un país budista, no lo se, lo cierto es que mi bici es mi Karma. Es decir que todas las acciones del pasado, las malas y las buenas, repercuten en nuestro presente y futuro. Y mi bici es mi karma pues a ello estoy ligado como una extremidad más de mi cuerpo. No es sólo mi medio de trasporte, es mi casa, mi confidente, mi ventana a través de la que el mundo se renueva cada día ante mis ojos, es mi verdadero amor, ese que da lo que sus ojos prometen. Mi nueva bici se llama Karma. Y el mismo día que decidí su nombre encontré un artista que lo pintó en el mascarón de proa. Y lo hizo con los colores de la bandera de Bhutan, amarillo y naranja.

Pues para Karma Bhutan ha sido su primer país. Además le he pintado un dragón en la barra de la bici, símbolo también que aparece en la bandera de Bhutan. Pues a este país le debo quince días de gloria. Quince días en que nadie me ha tocado el pito, en que he recibido invitaciones por doquier, pero sobre todo sonrisas. La gente me miraba alucinada, pues creo que soy el primer turista en la historia que recorre este país en solitario con una bici tan cargada, y cuando yo les miro y sonrío ellos me devuelven una sonrisa. La gente ME MIRA A MI y no a la bici. Algo muy diferente a lo que ocurría en India donde los ojos se les hacían chiribitas al ver a mi galana moza. Los niños, al verme pasar, se ponen en fila y dejan caer sus brazos al suelo inclinando la espalda en señal de respeto y, al verme repetir su gesto, se mueren de risa.

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