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Relato de viaje a Barda - la hospitalidad azeri

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Enviado por: Biciclown (779 lecturas)

27-05-2008 En un día salí de Tbilisi y puse las ruedas de kogadonga en Azerbajan. La frontera natural es un río y al llegar a Azerbaján uno piensa que ha retrocedido unos cuantos años. Más o menos 30. Oficiales con gorra de plato tipo paellera y con desgastados uniformes se arremolinan fuera de los containers metálicos que sirven de aduana. Militares barbilampiños que bien podrían ser mis hijios me preguntan por qué he visitado Armenia.


"A beber coñac", les respondí con tranquilidad. Para pasar esas fronteras tan exsoviéticas la calma es la que debe imperar. Hasta tres gorras de plato se llevaron mi pasaporte hasta devolvérmelo con el sello verde de entrada.

La carretera rota cruzaba un vertedero y delante, por una carretera vacía, Azerbaján me daba la bienvenida. Pocos coches y muchos caballos. Algunos pastando libremente pero la mayoría trabajando la tierra o tirando de carromatos. Los pilotos muchas veces niños que ya de pequeñitos han encontrado trabajo.
La primera noche la pasé acampado con las vistas de grandes praderas y la luna jugando al escondite con las nubes. Estaba demasiado cansado para cocinar, así que me metí en el saco con un te caliente.

Los azerbajanos son bien hospitalarios. Mientras discutía el precio de unos melocotones (dos euros el kilo) un chico de veintitrés años se acercó a pagarlo. Al tiempo que medio en ruso medio en turco me ofrecía ir a su casa a descansar. Parecía buena persona así que acepté.
Vivía en una nave junto con otros 8 compañeros. Trabajadores en un complejo olímpico que el gobierno está levantando. En realidad no es más que un polideportivo cubierto con capacidad para mil personas tirando por lo alto, pero lo llaman complejo olímpico. En fin.

Lo cierto es que mi mentor no solo me dio comida, sino también me ofreció la ducha y la dormida. Por la noche el cuarto se pobló de currelas que se intercambiaban su salario jugando al bingo. Para cenar probé una de las delicatessen de la cocina caucasiana: dolma. Unas hojas de vid, cocinadas, que a modo de rollitos de primavera contienen arroz o carne. Un manjar.
Todavía resuena en mi retina las imágenes de Lee. Menudo chino. Once años de carretera y un material con el que nadie haría ni el Camino de Santiago. Pero la ilusión y sobre todo la determinación son sin duda el mejor esponsor. Me considero un afortunado de contar a mis espaldas con tan grandes esponsores que me han dado el mejor material y toda su confianza. Sin pedir nada a cambio.

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