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Relato de viaje a Goris - LAS CRUCES DEL CÁUCASO

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Enviado por: Ruta de los Imperios (2207 lecturas)

© Crónica de Marián Ocaña

-¡Menuda carretera internacional! -Le digo a Vicente mientras sigo agarrada con fuerza al asidero que tiene el todo terreno delante del asiento del copiloto. Los botes eran tremendos.
-Desde luego, lo menos que se puede decir es que no es una frontera frecuentada. Me siento como en una lancha avanzando en una torrentera. ¡Estamos haciendo "rafting" terrestre! -Me contesta, tomándose la cosa a bien. Yo sé que la estrecha pista no le preocupa. Su cabeza está en lo que nos encontraremos en la aduana. Vicente para el coche.
-¿Por qué te paras? -Le pregunto sorprendida.
-Mira ahí delante, la bandera de Georgia ondea sobre esa caseta, posiblemente sea la frontera. Confiemos que esté abierta a los extranjeros. -Vicente se refiere a que muchos países tienen algunas fronteras restringidas al uso local y obligan a los extranjeros a pasar por unas aduanas especialmente habilitadas para ese propósito, quizás a cientos de kilómetros. Cuando pasamos por fronteras alejadas de las rutas habituales siempre tenemos esa duda.

El coche se pone de nuevo en marcha. Tras una pequeña curva aparece la barrera que corta el paso. Hay un coche georgiano parado. Un soldado armado con una kalashnikov nos señala la caseta. Cogemos los pasaportes y la documentación del todo terreno y nos metemos en el cubículo que hace las funciones de aduana. Hasta hace muy poco no existía frontera entre todos estos países. Los dos hombres del coche georgiano acaban de entrar, uno de ellos lleva dos botellas de vodka de medio litro y tres cajetillas de tabaco que regala a los aduaneros. Estos les dan las gracias, sacan cuatro vasos, abren una de las botellas y hacen un brindis. Los vasos quedan vacíos de un sorbo. Un minuto después todo el papeleo está resuelto.
Es nuestro turno. Los dos agentes nos dan la mano y nos hacen preguntas de curiosidad: de dónde somos, qué ruta hemos seguido para llegar a Georgia, adónde vamos y poco más porque la ausencia de idioma común no permitía muchas fantasías. Todo muy distendido y afortunadamente no nos metieron en sus "chanchullos" con la población local. Tardamos cinco minutos en hacer el papeleo y nos dejaron partir sin más novedad, como no sabiendo qué hacer con nosotros. En realidad se trata de una pequeña aduana entre georgianos y armenios por la que raramente suelen pasar europeos, por no decir nunca.
Entramos en un nuevo país, Armenia, del que apenas conocemos nada de su actual situación. La cruel guerra que tuvo con su vecina Azerbayán está aletargada desde hace 7 años. Se ha producido un alto el fuego pero todavía palpita, hay muchas ampollas levantadas... y tiros en la frontera de Nagorno-Karabaj todos los días, nadie puede asomar la cabeza.

La aduana armenia era una aduana de verdad: varios edificios, garitas, oficinas, chiringuitos de comida, una caseta que era el banco, etc. Todo el mundo muy amable. Nuestra entrada causó sensación y los militares de aduanas querían hacerse fotos con la "extranjera" y les daba lo mismo que saliesen de fondo los edificios oficiales. Tuvimos que hacer un montón de fotos.
Mucha simpatía pero también tuvimos que pagar las tasas de circulación (33 US$=5.300 pts.) y hacer una declaración de moneda y de todo lo que llevábamos en el coche, ¡hasta la ropa y la comida! Cuando vieron nuestra cara de asombro, al no saber qué poner, nos dicen que es puro papeleo y que nos los pedirán a la salida pero que nadie les presta atención. Pusimos a ojo la ropa y calculamos unos 20 kilogramos de comida. Tampoco se tomaron la molestia de registrar el coche, abrieron el portón, vieron la cantidad de cajas que había y se les fueron las ganas de estar dos horas cargando y descargando. Tardamos una hora pero fue sobre todo porque no soltábamos los 33 US$, no sabíamos si era una tasa o una autopropina (salimos escaldados de Georgia) pero resultó que era cierto, entregaban recibo por todo.

-Aquí tienen sus pasaportes y el permiso de circulación. Welcome to Armenia! -Nos dijo el jefe de la aduana mientras nos entregaba toda la documentación y hacía una señal a los soldados de la barrera para que la abriesen.

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