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Relato de viaje a Dakar - Senegal, puerta de entrada al África negra

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Enviado por: pana36 (2934 lecturas)

Senegal,  puerta de entrada al África negra    Año 1995. Hacía tiempo que quería perderme por África negra y captar la esencia de su alma. Un continente pobre, azotado por problemas endémicos y dónde la lucha por la supervivencia diaria era y continúa siendo una realidad. Mi viaje se alejaría de las zonas turísticas para recorrer lugares más inhóspitos, sin duda implicaría un cierto riesgo pero uno siendo joven ignora los riesgos que pueden surgir. Así que sin pensármelo mucho tomo un vuelo a Dakar, la capital de Senegal conocida por muchos por ser donde termina el famoso rally París-Dakar

Dakar me pareció una ciudad gris con el mercado como único atractivo. Aún así y paseando por sus calles se percibe enseguida el espíritu de África: calor sofocante, olores intensos, miradas a los ojos, pobreza, caos en las calles, bocinas de coches incesantes, mutilados pidiendo caridad, grupos de niños rodeándote para conseguir alguna moneda, etc… en fin la idea que ya se tiene preconcebida de África. No me gusta tanta aglomeración y el día siguiente visito la Isla de Goreé, una pequeñita isla cerca de Dakar rodeada de aguas cálidas y transparentes pero con un pasado oscuro por la trata de esclavos negros. De hecho, en la Casa de los Esclavos era donde los amos amontonaban a sus esclavos antes de enviarlos de África a América, una vergüenza histórica que bien merece ser recordada para evitar que se pueda repetir. Y también por las cercanías de Dakar se encuentra el Lago Rosa, llamado así por el color que toma cuando le toca un poco de sol. Me maravillo por los entornos del lago que está tan salinizado como el Mar Muerto y que es la meta final del rally París-Dakar, una imagen mil veces vista en la televisión por sus aficionados.  

Sin embargo mi objetivo del viaje es otro, en parte intentar ayudar y en parte comprender el alma del África negra. Después de mi pequeño circuito alrededor de Dakar, parto hacia Bambylor, un pequeño pueblo con el que me había comprometido a llevar material para una escuela. No hay nada de especial pero el ver la sonrisa de los niños y el agradecimiento del responsable de la escuela lo compensan todo. Mi primer objetivo está ya cumplido y ahora dedicaré el resto de los días al siguiente.  

Bordeando el Océano Atlántico por la carretera de la pequeña costa en un taxi que comparto con otros cuatro pasajeros me dirijo a Mbour, situado a menos de 100 quilómetros al sur de Dakar. El taxista cree que voy a parar en Saly, un complejo turístico de renombre por la calidad de sus hoteles y playas, y se sorprende al decirle que me apearé en Mbour, una ciudad dedicada a la pesca. Salgo a la calle con mis sentidos abiertos y veo los pescadores llegar de faenar, voy al mercado y entablo conversación con muchos senegaleses, más tarde me invitan a comer tieboudienne con ellos (el plato nacional, que es arroz con pescado en un gran bol que se va tomando con las manos)mientras  me enseñan expresiones en uolof que es la lengua de la etnia mayoritaria en Senegal y por último me impregnan de la magia de la noche africana con ritmos y bailes asombrosos…sé que empiezo a percibir el alma africana.Me quedo otros días en Mbour, pues esto de ser uno de los únicos toubab (expresión uolof para designar al blanco europeo) me ayuda a ahondar en sus costumbres y en su “modus vivendi”. Su forma de entender la vida sorprende por su simplicidad, aquí se trata de vivir sin más, intentando ayudar a los más próximos y relativizando los problemas. Todo tiene solución con tiempo, que tiene una dimensión diferente a nuestra civilización. Y con sonrisas, sonrisas eternas. Tan simple y tan complicado como eso.  

Mi siguiente parada es Foundiougne, me adentro un poco más en el país. Me apetece ir a descubrir la región del río Saloum, con sus múltiples islas entre bancos de arena. Así que convenzo a dos pescadores para que me monten en su embarcación para remontar durante tres días el río Saloum hasta llegar a Djifer,  que al final será la experiencia más gratificante del viaje, no sólo por los paisajes vírgenes que atravesamos sino sobre todo por las visitas a pueblos olvidados que se quedan del todo sorprendidos al ver un toubab entre ellos. Amaneceres en playas desiertas con aves revoloteando por doquier y noches durmiendo bajo las estrellas al lado de una hoguera que sirve para cocinar lo pescado durante la travesía. Otra dimensión en otra África, si cabe menos antropológica pero mucho, mucho más salvaje.   Mi cuerpo necesitaba descanso después de tantas emociones y tanto ajetreo en tan poco tiempo por lo que decidí relajarme unos días en la región más turística del país situada por debajo de Gambia y conocida como la Casamance. Pero debido a enfrentamientos entre diferentes grupos rebeldes, desistí de la idea y opté por ir a Saint-Louis, la antigua capital colonial, en busca de un Senegal quizás más pausado y equilibrado.  

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