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Relato de viaje a Marrakech - Jemaa el Fna

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Enviado por: elputojacktwist (2377 lecturas)

Cuando se acerca el final de la tarde en Marrakech, la plaza ruge con los timbales, y la vibración atrae al viajero que indefectiblemente acaba por claudicar ante su magnetismo. Ya esté en un zoco perdido en los confines de la Medina, de la Kasbah o de la Mellah, o en un Macdonalds de Gueliz , un poder hipnótico le arrastra hasta la gigantesca plaza. “Reunión de muertos”, dicen que significa su nombre. Nada más sorprendente: sólo hay vida en Jemaa el Fna.

Porque se puede hacer de todo en Jemaa el Fna: pescar botellas de coca cola con una caña de cuyo sedal cuelga un arito de madera, pasar un paquete de tabaco de un vaso a otro ayudado por dos largas varas, o derribar dos bolos con un balón de fútbol, o pesarse en una báscula roída, tomar un zumo de naranja o un vaso de agua fresquita (mejor que no), ver las evoluciones de los acróbatas, sacarse una muela o apretar con la mano izquierda en un aparato que medirá tu fuerza (ante las risas o la admiración de la concurrencia), pisar una cobra del desierto si andas descuidado, o encontrarse con un horrible mono subido en tus hombros y tirándote del pelo, o pedirle a una de las señoras bereberes (las únicas mujeres de la plaza que no son turistas) que te hagan una obra maestra con henna en la piel. Un curandero con barba blanca y gafas de pasta y cristal verde te explicará con un muñeco de los que se usaban en clase de anatomía cuáles son tus males, y te dará allí mismo la receta y la medicina.

Los tribus del desierto llenan la noche con sus cantos y timbales, con sus flautas, y sólo se detienen cuando el rezo desde los minaretes se desparrama por la noche africana y la plaza se apacigua unos pocos minutos.

Entre los corrillos que se forman deambula algún chapero oliendo a pegamento, y algunos respetables señores con chilaba que acaban de salir de la mezquita y que casualmente siempre están en todos los tumultos, en todos los apretones, con las manos bien preparadas para tocar lo que se ponga por delante.

También se puede comer en los innumerables puestecillos que aparecen mágicamente de la nada y acaban ocupando media plaza, con sus luces estridentes y sus largos bancos de madera, llenando el aire de fuego y humo y ruido. Los cocineros, inmaculadamente vestidos de blanco, se arremolinan alrededor de las parrillas, asando brochetas, pescado, cabezas de cordero, cociendo huevos, untando trozos de pan, sirviendo té.

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