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Relato de viaje a Alexandria - Alejandría

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Enviado por: Jordi Esteva (1966 lecturas)

© Jordi Esteva www.jordiesteva.com

En un cafetín del centro, el olor a cordero asado se mezcla con el aroma de un incensario que un niño agita a cambio de unas monedas. Suenan los lamentos de Um Kulzum, interrumpidos por los chasquidos de las fichas del backgammon. “Antes, cuando Alejandría era Alejandría –cuenta sibilino un anciano de elegante y anticuado traje sin dejar de aspirar el humo de la pipa de agua– las damas nunca bajaban a la calle sin acicalarse, ni ponerse guantes”. Hoy, la que fuera calle exclusiva es un zoco oriental. Sin embargo, por encima de los toldos de los puestos, nos sorprenden los edificios que parecen sacados de los barrios burgueses de Nápoles o Salónica, que nos hablan de otra época, de cuando Alejandría era una ciudad cosmopolita de más de 300.000 habitantes de los cuales la mitad eran extranjeros. Griegos, armenios, turcos, italianos, franceses, libaneses, judíos o ingleses convivían con coptos y musulmanes egipcios de la burguesía o de la aristocracia. Aquella Alejandría abierta y cosmopolita fue retratada soberbiamente por Kavafis, Forster o Durrell. Con la revolución de 1952, los extranjeros fueron al exilio y los árabes, descritos como “sombras” en el Cuarteto de Alejandría, se apoderaron de su ciudad.
Todavía hoy flota en el aire la nostalgia de aquellos tiempos: en el hotel Cecil por ejemplo, donde Durrell sitúa el inicio de Justine, o en las cafeterías que aún quedan de la época dorada: L’Elite, Le Trianon, Pastroudis... con sus camareros políglotas, viejos como la ciudad, enfundados en sus gastados smokings. ¡Las historias que podrían contar van muriendo con ellos! Dicen que a la izquierda, al final de la espléndida Corniche, se erguía el Faro de Alejandría. Pero que nadie se llame a engaño. No quedan apenas vestigios de la ciudad fundada por Alejandro Magno y que se convirtió en la urbe más importante del mundo antiguo, con su famosa biblioteca, centro de la sabiduría y ciencia helenas. Alejandría, la ciudad de Cleopatra, fue la capital de Egipto, desde su fundación hasta la llegada de los árabes en el año 642. Con los turcos, la ciudad fue decayendo hasta convertirse en un poblado de pescadores. A mediados del siglo XIX, con el auge del algodón, volvió a resurgir. Hoy es una ciudad de cuatro millones de habitantes que se extiende durante treinta kilómetros aprisionada entre el Mediterráneo y los pantanos insalubres de Mariut, donde los personajes del Lawrence Durrell iban a cazar aves acuáticas.
En verano, la clase media de El Cairo invade la ciudad y Alejandría se convierte en su playa. En invierno, cuando sopla con fuerza el viento de Grecia, el mar se encabrita e invade la Corniche. Entonces, la ciudad desaparece en una cortina de lluvia. El tiempo también se difumina y nos invade la nostalgia. Suenan de nuevo las palabras de Kavafis el poeta de Alejandría: "No encontrarás otra tierra, otro mar. La ciudad te perseguirá. Caminarás las mismas calles, envejecerás en los mismos barrios, en las mismas casas encanecerás..."

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