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Relato de viaje a Tamanrasset - Reflexiones de un corredor medio perdido por el Hoggar.

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Enviado por: pana36 (1518 lecturas)

-¿Hoggar?
-¿Qué dónde está?
-¿Y a mí me lo preguntas?
-No sé, creía que lo sabías.
-¡Ni idea!
-Pues ya está, iremos a descubrirlo aprovechando que se va a disputar el Primer Maratón Transahariano Hoggar 2006. ¿Qué te parece?
-Encantado. ¿Y a ti?
-Pues lo mismo. Así que sin darnos cuenta con un amigo de fatigas ya estamos en la ciudad tuareg de Tamanrasset, puerta de entrada al desierto del Hoggar. Nos esperan cinco días durmiendo bajo las estrellas y un recorrido de 175 quilómetros con temperaturas máximas de hasta 50 grados en medio de la Nada más absoluta. Nuestros peores compañeros serán los dolores musculares, las ampollas en los pies, la sed, la fuerza mental y el esfuerzo físico; nuestros mejores aliados serán unos bellísimos paisajes, unas puestas de sol de postal, la complicidad con los demás corredores, las estrellas brillando en la inmensidad del cielo y el silencio infinito que aquí aún lo parece más permitiendo viajes sin fin al interior de uno mismo.

Etapa I: 38 quilómetros. Muchísima calor pero físicamente con sensaciones agradables. Mi viaje interior no se inicia hasta el quilómetro 30 pues me he pasado el resto del tiempo contemplando el desierto y el pelotón que formamos todos los corredores.

 Mi imaginación se transporta a lo que realmente significa “el desierto” y “el viaje” para los tuareg: todo.Desde el respeto por sus antepasados representado en la ceremonia del té, desde el amor por una tierra inhóspita y aparentemente hostil pero llena de belleza salvaje, desde ayudar al prójimo en base a una hospitalidad milenaria, desde amar a sus familias por muchas lunas que dure su caravana, desde guiarse por las estrellas y llegar a buen puerto en medio de horizontes sin señales aparentes, etc. Es simplemente fascinante que en pleno siglo XXI, la llamada era de las tecnologías, encontrar en este decorado unos niños tan felices que no desean más sino tan sólo jugar en su trocito de tierra, saludarte y sonreírte al verte pasar; de veras sabes que en lo profundo de sus corazones sólo existen sus familias, el profundo respeto por sus antepasados, sus ritos de siempre y las inmensas arenas del desierto.  Por muy nómadas que sean y muy lejos que se encuentren estos son sus principales pilares. Por eso son  tuaregs.  

  Etapa II: 37 quilómetros. Hoy nos levantamos muy temprano después de la primera noche al raso impregnados por un frío seco que contrasta con las elevadas temperaturas del día. Toca desayunar y correr casi la distancia de maratón por un terreno en continua ascensión. Mi mente se transporta a lo que realmente significa correr y me deambulan preguntas del tipo: ¿por qué salgo a correr por la mañana aún cuando casi no haya dormido? ¿por qué salgo a correr llueva, nieve o haga un sofocante calor? ¿por qué salgo a correr aunque me duela todo el cuerpo? ¿por qué donde quiera que vaya nunca me olvido mi equipaje de corredor? ¿por qué planeo los días en base al correr? Pues tan sólo para sentir la libertad y reencontrarme con mi niñez. Sí, tan sólo por estas dos razones y nada más. Esa libertad de escoger uno u otro camino, de dar un paso sí y otro también, de sentir el silencio medio perdido por un bosque y solucionar un problema al cual ya no veía salida, de abrir los sentidos y apreciar cada detalle del paisaje, en fin, para recobrar el espíritu de un niño pero no para descubrir nuevas cosas de la vida sino para descubrirse así mismo, tanto física como  mentalmente.

A 2.500 metros de altitud termina la etapa y mis pensamientos sobre la filosofía del correr regresan a la dura realidad. Estoy polvoriento, sudado y muy cansado. Así que me quedo dormido de cansancio en un improvisado campamento montado por la organización con unas vistas preciosas a las cumbres cercanas de este desierto que por eso no lo parece y ahí radica parte de su encanto. Por la tarde espera otra etapa, sólo 8 quilómetros pero con un desnivel positivo del 16%. ¿Pero qué carajo hago yo aquí?.   

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